Es fácil quitar una vida – [Pens.]
Parece simple. Un segundo… aprietas un gatillo, clavas una daga, revientas una cabeza, envenenas, ahogas, quemas, decapitas, fusilas, agarrotas, guillotinas. Lanzas una bomba, Lanzas mil bombas…
Parece simple y rápido. Es fácil quitar una vida, es fácil quitar miles de vidas instantáneamente.
Imaginemos, por un momento, la vida de un ser humano desde que nace: segundos, horas, días, meses, años, abriéndose camino y avanzando poco a poco. La vida se toma mucho trabajo en formar a una persona. El bebé que, tal vez, la madre meció y acurrucó, y que luego aprendió a caminar y a hablar. El niño o niña que pasó años en la escuela (o en la calle) aprendiendo mil cosas. El adulto que, quizás, ya había construido una identidad, una familia y una vida. Y, de repente, en cualquier punto de la línea temporal de esa existencia, un criminal desalmado, pone el punto final, merced a un acto de violencia infinita, egoísta y de injusticia inenarrable.
El asesino se lo arrebata todo a la víctima, no sólo su vida, sino también el sentido, interacciones potenciales y finalidad de su vida presente (como constructo de todo su pasado) y su futuro, y, en muchas ocasiones, el presente y futuro de sus seres queridos. Pero ¿y si se da muerte a un asesino confeso? Incluso en este caso, la pena de muerte no deja de ser otro crimen que también arrebata todo a la persona, incluso la posibilidad de cambio y redención. Evidentemente no podemos condenar moralmente el crimen si nosotros hacemos lo mismo (aunque llamemos a este último «justicia legal»); ni tiene sentido introducir, con la pena de muerte, el derecho legal a matar, como forma de combatir «el matar».
Guerras, asesinatos individuales y colectivos, originados por: conflictos, poder, venganzas, robo, envidia, honor y tradición (mal entendida), justicia alienada, violencia de género. Podemos hallar centenares de motivos por los que el ser humano mata y asesina. El asesinato y el crimen colectivo ha sido una constante en la historia, hasta nuestros días. El avance tecnológico no ha comportado un progreso moral. Sólo en cualquiera de las dos últimas guerras mundiales se han asesinado millones de personas; muchas de ellas instantáneamente, con la simple y fría pulsación de un dispositivo (como Hiroshima y Nagasaki, y los crueles bombardeos de todos los bandos), otras, tras penosos sufrimientos, como en el Gueto de Varsovia, el Holocausto nazi, o las purgas de Stalin y Mao, entre otros muchos crímenes masivos.
El asesinato individual y la guerra, (que es el crimen entre colectivos), tienen la misma raíz perversa. Y no cabe pensar que las guerras justas serían una excepción porque no hay guerras justas. La historia lo demuestra. Y si en alguna ocasión pudo parecer que había una guerra justa, como cuando el mundo luchó contra el horror del nazismo, el comportamiento de las naciones adversarias la desmintió, pues no fueron mucho mejores moralmente. Sólo hace falta recordar que Stalin asesinó a muchas más personas que Hitler, y que, por ejemplo, los bombardeos convencionales de ciudades alemanas (Dresde, Hamburgo) y japonesas, fueron una masacre (crímenes contra la humanidad). Sólo en Tokio entre 88.000 y 125.000 personas murieron en un bombardeo con bombas incendiarias, lo que supone más víctimas inmediatas, que las que hubo en los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki (entre 105.000 y 120.000 víctimas iniciales -posteriormente se estima que la cifra aumentó hasta 246.000, a finales de 1945-. De muchos otros horrores fueron también autoras las potencias vencedoras y sus líderes.
Sobra violencia en el mundo, sobran asesinos. Pero sería equivocado demonizar a una parte de la sociedad y redimir a otra. Sería un reduccionismo pensar que la violencia es responsabilidad de sólo unos cuantos. La violencia está demasiado insertada en el tejido humano como para señalar como responsable a sólo una facción. Cierto es que hay muchas personas inocentes que nunca, por acción u omisión, han cometido crímenes, pero los seres humanos somos corresponsables de la violencia social e institucional en la medida en la que la constatamos y no hacemos nada por erradicarla. Nuestra cultura es violenta: lo son muchas de nuestras escuelas, libros, películas; muchas de nuestras relaciones sociales, familiares, laborales y de poder. Nuestra resignación e inacción sobre la violencia la alimenta.
Las escuelas en muchas zonas del mundo perpetúan una sociedad violenta con el culto directo o indirecto a las armas, una interpretación sesgada de la historia y cierta complacencia en la violencia cotidiana. La violencia está enquistada en la cultura, en los medios de comunicación y en el ocio. Esta violencia aceptada, «culturizada», transmitida y perpetuada, que se consume diariamente, no es sólo la violencia entre seres humanos, sino también la violencia hacia los animales, a los que torturamos por pura diversión (disfrazada de cultura o tradición), y sobre los que experimentamos y utilizamos como alimento.
Hemos crecido aceptando la violencia como un hecho natural, convertido en hobby, cultura y ocio. Si alguien cree que exagero que reflexione sobre un simple ejemplo (sobre muchos otros posibles): Podemos ver en una sencilla película del Oeste, (proyectada en colegios, o vista en familia en la tele, o en el cine) el desprecio total por la vida humana, apreciable en la intrascendencia con la que se trata el asesinato y la violencia. Escena posible: parapetados tras un círculo de carretas un grupo de vaqueros, pertrechados con armas de fuego, disparan a indios que atacan con arcos y flechas. Mientras los vaqueros disparan, cuentan anécdotas, bromean y compiten contando los indios que lleva abatidos cada uno (esta es una película real.) Los indios caen uno tras otro, pero ¿a quién le importan los indios? Las imágenes no se detienen en reflejar la agonía o el dolor de los heridos. Tampoco reflejan el pasado y la historia de cada uno de los muertos. La cámara pasa veloz y trivialmente sobre los jinetes abatidos como moscas, mientras resuenan las risas y bromas de los vaqueros. Hay padres que compran a sus hijos pistolas de juguete, o juegos bélicos. Total, – «¡Si los niños siempre han jugado a estas cosas…! De mayores (e incluso aún niños) algunos se aficionan al boxeo, a la caza o a espectáculos tan denigrantes y primitivos como los toros. Es el placer de ver como dos personas se pegan hasta caer desmayados, o el gusto de abatir a un ser vivo uno mismo, o disfrutar de la tortura y sufrimiento de un animal.
El caso es que vivimos una violencia cotidiana que abarca, y se manifiesta en, muchos aspectos sociales y «culturales». El cine ha trivializado las guerras y las ha convertido en ocio. Hoy en día cualquier niño americano come palomitas mientras ve un espectáculo de lucha libre, juega a un videojuego de «matar» o visiona una película de guerra con centenares o miles de muertos. Lo malo es que esa película se ofrece con frecuencia a la juventud (y a la infancia) no como hechos ya históricos, ya simulados, de los que aprender lecciones éticas, sino como ocio y disfrute de la acción violenta, por sí misma, como algo natural y deseable. Hoy en día las películas son cada vez más violentas y cada vez están más al alcance de los niños.
¿Cómo podemos crear una sociedad pacífica de esta manera? Si cada uno no exige en su entorno social inmediato, y también en su país, que cese todo tipo de violencia y de apología de la misma, ¿cómo puede esperar, entonces, que desaparezca la violencia en el mundo?
Como decía al principio: Parece simple y rápido. Es fácil quitar una vida, es fácil quitar miles de vidas instantáneamente. Pero no se puede eludir la responsabilidad, la ruindad moral, como tampoco eliminar el sufrimiento ni el daño causado. También es imposible reparar o reponer esa vida. Por eso, cuando la violencia cae en el extremo perverso de segar vidas el causante se convierte en un verdadero zombi. El asesino tiene aspecto de persona pero en realidad es como un muerto viviente (de la persona sólo le queda la carne), y aún más, es un ser monstruoso, incapaz de experimentar sentimientos como la piedad o de darse normas morales. Para acabar con la violencia no hay que justificarla nunca. Hay que señalarla, denunciarla públicamente y no alimentarse de ella, ni alimentar con ella a la infancia, como espectáculo u ocio. Mostrémosles, por el contrario, el respeto y cuidado que se debe a toda vida.
Contrariamente a lo expresado en una obra de Vigicio: «Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum» (quien deseara la paz, se debiera preparar para la guerra), el que desee la paz debe construirla. La paz no se alcanzará hasta que la humanidad no se comporte pacíficamente y eso significa no sólo erradicar la violencia de la cultura y de las relaciones sociales, sino establecer unas relaciones humanas armónicas basadas en el respeto mutuo, en la cooperación y en la no instrumentalización de los demás. Debe cesar el expolio de unos países sobre otros. Debemos compartir la riqueza del planeta y la tierra, empezando por los más desfavorecidos.
La destrucción de la humanidad y del mundo no es una quimera, está en el horizonte de posibles (y probables) futuros. La humanidad sólo sobrevivirá como tal si aprende a ser activamente pacífica, solidaria, respetuosa y cooperativa. Nuestro progreso (geométrico) científico y armamentístico, nuestra capacidad tecnológica de infligirnos daño será la responsable de nuestra segura destrucción si no somos capaces de cambiar y establecer una paz verdadera basada en unas relaciones humanas respetuosas y fraternales.
José Beuter
[Pensamiento 12/16/27-12-2016] © 12-2016
LA PAZ