Coautor del bien – [sent.]
Uno nunca podrá ser copartícipe de un mundo mejor si a la vez no es coautor.
José Beuter
[sentencia 6/15/25-6-15.2]
© 6-2015
Noticias bajo la lupa ética
Uno nunca podrá ser copartícipe de un mundo mejor si a la vez no es coautor.
José Beuter
[sentencia 6/15/25-6-15.2]
© 6-2015
La gravedad impide que nos elevemos del suelo, pero nada impide en sentido estricto crear un mundo de justicia. Imaginemos por un momento la emoción y felicidad que experimentaríamos en ese estado: mucho mayor que la de cualquier producto de ocio o consumo.
Detengamos el tiempo y sintamos la magia de ese momento eterno. Viajamos hacia la concordia, la paz y la felicidad. No sólo son nuestra meta, también son el camino.
José Beuter
[pensamiento 6/15/25-6-15]
© 6-2015
Tratemos a los niños con respeto, como los hombres y mujeres que serán en el futuro. Tratemos a los adultos con amor y complicidad, como los niños que fueron y todos llevamos aún dentro.
José Beuter
[sentencia 6/15/25-6-15]
© 6-2015
Para mejorar el mundo podemos, cada uno de nosotros, cuidar el trato que dispensamos a los demás cuando nos movemos en nuestra esfera de poder particular.
Nos quejamos, en ocasiones, del poder despótico de otras personas, pero tal vez nosotros hacemos lo mismo con nuestros subordinados, familiares, clientes, amigos. Casi todas las personas ejercen o han ejercido poder en algún momento de sus vidas. No importa si ese poder es pequeño y alcanza sólo a una persona, igualmente debe ser ejercido con amor y justicia. Para cambiar las relaciones de poder en el mundo, empecemos por nosotros mismos.
José Beuter
Pens. 6/15/x-x-11)
© 6-2015
El miedo puede transformar a una persona buena en cómplice del verdugo.
El miedo no sólo paraliza sino que enajena. Lo que en la prehistoria pudo servir para salvar nuestra vida física y preservar nuestra especie hoy puede pudrir nuestra vida espiritual y condenar a la extinción a la raza humana.
A lo único que deberíamos temer es al propio miedo, a este miedo que nos hace insolidarios, inhumanos y cómplices del mal.
José Beuter
[Pensamiento 6/15/14-1-12]
© 6-2015
En algunos países la violación marital no es delito pues la ley no la contempla. Tampoco lo es el matrimonio con niñas de corta edad (a veces de sólo cuatro años), así como la mutilación genital de niñas y mujeres. Hay personas y también culturas que conciben el papel del matrimonio como una licencia para la agresión y la violación Pero la clasificación de un acto como violación no depende de que éste se dé dentro o fuera del matrimonio, al igual que el trato degradante, palizas, intimidación y acoso. Aquella legislación que no contemple estos hechos como un delito es inmoral, o mejor dicho, su moralidad, en el sentido de «costumbre», se asemeja más a la amoralidad animal que a la superior capacidad de otorgarse normas de comportamiento, propia del ser humano.
Nosotros vemos execrable ese comportamiento, pues en nuestra comunidad las normas tienen una base moral, son sometidas a una reflexión ética (en mayor o menor grado) de la que emanan luego las leyes -por meditación ética se entiende el pensamiento científico-filosófico, que propicia un conocimiento valorativo y justificativo del comportamiento humano-. Pero en esos países no se da (o apenas existe) tal reflexión. Al carecer en gran medida de una base moral, la legalidad de tales sociedades no es más que el reflejo de ese hueco, de esa falta. Las leyes son, básicamente, el reflejo moral de una sociedad.
Podemos sopesar la conveniencia de diferentes normas, pero del principio ético fundamental (el respeto a toda vida humana) nadie puede desentenderse sin ser deshonesto, pues brota de nuestra condición humana. Somos ante todo personas y ese hecho se da antes que cualquier otra cosa: antes que nuestras creencias, nuestras religiones o nuestras costumbres. No pueden esgrimirse ni la cultura ni la tradición, ni la ideología, ni siquiera la ley, para faltar al principio ético fundamental del respeto a los demás. Uno no puede desentenderse de la razón ni de su propia naturaleza, para atentar contra esa misma naturaleza, y el hecho de que tal situación suceda no significa que pueda legitimarse racionalmente. Cierto es que la ética no puede imponer normas particulares de comportamiento que sólo pueden ser vinculantes para los que, voluntariamente, desean someterse a ellas, pero las obligaciones respecto a las mujeres y niñas de las que hablamos no son reglas de conducta particulares, sino leyes universales. Nadie honesto puede ignorar el respeto por la vida de uno mismo y la de los demás, profese la religión que profese.
La violación marital y el matrimonio con menores, como también la violencia, mutilación y dominación ejercidas sobre las mujeras, constituyen actos contra el principio ético fundamental: el respeto por los demás, por la vida y la naturaleza que encarnan. Los países que así lo entienden tienen todo el derecho de desarrollar una legalidad internacional que mediante la presión y los medios adecuados termine con la conculcación de los Derechos Humanos.
El matrimonio no es un medio por el cual se posee legalmente una esclava a la que se pueda violar y pegar, es un contrato entre personas iguales, titulares ambas de derechos. Tampoco pueden escudarse en la legalidad la mutilación genital femenina y el matrimonio forzado con menores (*) -es evidente que en este caso siempre se hace de forma forzada, pues la niña, no es consultada y aunque lo fuera no tiene ni madurez ni libertad para elegir -. La comisión de estos actos debería estar castigada por las leyes de todo país –cosa que actualmente no sucede-. Por esta razón debe intervenir la comunidad de naciones, pero esto tampoco se ha dado de manera eficiente:
La dignidad y derechos de la mujer no están protegidos adecuadamente por la ONU ni por las instancias de reclamo internacionales. Actualmente millones de mujeres y niñas de muchos países son violadas dentro y fuera del matrimonio; son objeto de agresiones y de mutilaciones genitales; son sometidas a la esclavitud por parte de los hombres y se menoscaban todos sus derechos, incluido el de la educación y sanidad (**).
Agredir de cualquier forma a la mujer, recortar o tutelar su autonomía, impedir o limitar su acceso a la educación y sanidad: si todo ello se realiza en un país por mor de su legislación soberana, ya sea por leyes explícitas o por la ausencia de éstas (que protejan de tales abusos), es un delito contra la humanidad. Toda legislación que atente en su fuero contra los Derechos Humanos excede el terreno meramente nacional, y sus posibles acciones podrán considerarse, a tenor de su gravedad y extensión, crímenes de lesa humanidad. Ejemplo de ello, son las legislaciones que permiten la boda a niñas de diez años (Sudán), o disciplinar físicamente a las mujeres (Emiratos Árabes); o las que no fijan una edad mínima para el matrimonio (Yemen), o no reconocen la violación marital como delito, como es el caso de Arabia Saudí, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos, Argelia, Kuwait, y el mismo Yemen (**); o las que permiten (o no atajan) la mutilación genital femenina, como Yibuti, Egipto (sólo en Egipto afecta a 27,2 millones de mujeres y niñas (***), Guinea y Somalia, países donde la han padecido nueve de cada diez mujeres entre 15 y 49 años, según fuentes de Unicef.
Se me hace difícil comprender el porqué tales países permiten el mal de sus propias ciudadanas. Y, como he dicho, estas acciones no pueden justificarse en la tradición, ideología, religión o cultura, porque la condición de mujer y de «ser humano» es anterior a todas ellas. Esta barbarie puede ser, en parte, una consecuencia del expolio colonial y la marginación que han padecido (y aún padecen) por los países ricos, y que han lastrado su desarrollo económico, técnico, social y ético, sumiéndolos en la pobreza e ignorancia. Y con ello no justifico nada, sólo indago causas. Sea cual sea la razón, no puede permitirse este estado de cosas. Debemos devolver la dignidad y los derechos a la mujer allá donde no son tenidos en cuenta, pero, también, debemos dejar de aprovecharnos económicamente de esos países y diseñar políticas internacionales de solidaridad, prosperidad y crecimiento mutuos. No sólo porque es lo justo sino porque los derechos humanos no son tenidos en cuenta en paises donde reina la pobreza, la corrupción y la incultura. Por tanto, no sólo desde la presión internacional sino desde la justicia y solidaridad económicas debe lucharse por los derechos de la mujer.
Todo lo que se hace a favor o en contra de una sola mujer en el mundo, se hace a favor o en contra de cualquier mujer, y por tanto, de la humanidad. Todo lo que se hace a favor o en contra de un país, redunda también en la comunidad de naciones.
¡Vamos a cambiar este orden de cosas!
José Beuter
[pensamiento 6/15/21-6-15]
© 6/2015
– (*) “Casar a una niña cuando solo tiene 4, 5 ó 6 años, o incluso con 14 ó 15, es básicamente terminar con su vida”, afirma desde Nueva York Anju Malhotra, asesora principal de UNICEF sobre género y derechos. Ver artículo «Casadas demasiado pronto» -clic en este enlace-.
– (**): Respecto del monoscabo de los derechos de las mujeres, así como sobre los datos aportados, véase el informe (en Inglés) de la Fundación Thomson Reuters Women’s rights in the Arab world (Los derechos de la mujer en el Mundo Árabe) -clic en este enlace-.
– (***) Ver también el artículo de Unicef: Lucha contra la mutilación genital femenina -clic en este enlace-.
OTROS ENLACES DE INTERÉS:
La protección de la infancia contra la violencia, la explotación y el abuso:
http://www.unicef.org/spanish/media/media_45451.html
Respecto de la mutilación genital femenina:
http://apps.who.int/iris/bitstream/10665/98838/1/WHO_RHR_12.41_spa.pdf?ua=1
http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs241/es/
http://www.echr.coe.int/Documents/Convention_SPA.pdf
El primer paso para erradicar el crimen en el mundo consiste en que los estados soberanos dejen de aplicar la pena de muerte.
José Beuter
© 25-11-2011
– Entresacada del pensamiento: «El derecho legal a matar« del mismo autor –
Podemos modificar nuestro presente y, con ello, el futuro. El presente puede cambiarse en gran medida a condición de que haya un deseo claro (y no vago) y que este deseo sea activo y positivo; es decir, que utilice los medios a su alcance de forma perseverante para alcanzar el fin, y que sepa encarar los reveses de forma positiva o creativa. El deseo se transforma así en voluntad.
Uno podría pensar que poco podemos hacer para cambiar el presente, pues sólo controlamos, y hasta cierto punto, una parte de los acontecimientos. Nos ocurren cosas sobre las que no tenemos control y que no podemos evitar ni redirigir. Bien, aún siendo así, sigue siendo válida la primera afirmación de este escrito, pues el presente siempre es, y ante todo, un presente vivido, un presente que se da en mí, me afecta a mí ,y que yo valoro y califico. Tal vez no pueda cambiar las circunstancias externas pero sí las internas, es decir, puedo cambiar todo lo que sucede dentro de mí cuando esas circunstancias me golpean, y eso me permite enfrentar el futuro a mi manera, aunque sea sólo el futuro de unos meses, días, horas o instantes.
Tenemos un control mayor del que creemos sobre nuestro presente y futuro porque, incluso en los hechos que nos superan y no dependen de nosotros, conservamos la capacidad de escoger cómo nos afectarán y cuál será nuestra respuesta. Modificar el presente no significa necesariamente poder dilatarlo en el tiempo, sino vivirlo como agentes y no como pacientes; tomar las riendas de nuestra vida, por poco que le quede; determinar qué sentido tendrán y cuál no, los hechos que enfrentamos.
José Beuter
[pensamiento 6/15/18-6-15]
© 6-2015
«Siempre que existan mataderos existirán campos de batalla«
Lev Tolstói
Haz depender tus acciones directamente de tus decisiones (voluntad) y no de tus estados de ánimo.
José Beuter
[sentencia 6/15/2-9-14]
© 6-2015
Hay que concentrarse en el presente, no en el pasado. Cada vez que el presente se convierte en pasado deja de poder modificarse. El «hoy» modificable será mañana un pasado inmodificable.
José Beuter
[sentencia 6/15/1-9-14]
© 6-2015
No existen diferentes violencias: sólo hay una. ¿Cómo pretendemos desterrarla de este mundo si ejercemos una ilimitada violencia hacia los animales, a los que arrancamos su vida a mordiscos, y sobre los que clavamos los bisturíes de nuestra ignorancia?
José Beuter
– a mi querido Thor –
[sentencia 6/15/x-x-08]
© 6-2015
Libro recomendado:
Justicia para los animales: la ética más alla de la humanidad (clic en enlace)
Pablo de Lora
En el cuidado que una sociedad prodiga a los más débiles puede apreciarse directamente su grado de evolución; en el culto a las armas y a la violencia, su grado de primitivismo.
José Beuter
[sentencia 6/15/15-6-15]
© 6-2015
Las personas formamos parte de un tejido social superior. A nivel individual el ser humano puede haber conseguido grandes logros sociales y personales, su categoría moral puede brillar con luz resplandeciente, pero, al igual que un grano no hace granero, el individuo no hace sociedad. Por excelente que sean algunos de sus miembros o grupos, la sociedad actual es un tejido enfermo y así se verá, seguramente, desde posiciones exteriores. Puede haber muchas células sanas en este tejido pero mientras la gangrena lo infecte éste está destinado a morir.
Aquí surge un “pero” ¿Podemos ver desde una posición exterior el tejido en el que nos insertamos? La respuesta es un no con matices. De la misma manera en que yo no puedo salir fuera de mí y observarme con mis propios ojos, no podemos salir de la dimensión o estructura social en la que vivimos para contemplarnos desde el exterior, pues las lentes o sensores con las que, en tal supuesto, nos observaríamos, pertenecen a este nivel social y no al superior. Sin embargo, podemos intentar imaginar cómo seríamos vistos desde la posición hipotética de un espectador imparcial. Este intento subjetivo de objetivación es necesario y debería darse en el desarrollo de cualquier sociedad, al igual que sucede en el individuo. El niño pequeño en su etapa egocéntrica, no es capaz de imaginar cómo es visto desde fuera, él es su propio centro y los demás giran a su alrededor. Sin embargo a medida que crece, deberá abandonar el egocentrismo si desea ser aceptado en la comunidad. La imagen que proyecta en esa sociedad tampoco pueda verla directamente, pero sí imaginarla y contrastarla. De igual forma, la sociedad inicia su andadura en una fase sociocéntrica. Pero a medida que avanza debe examinar su estatus, la visión que ella misma tiene de sí y, lo que es más importante, la imagen que supuestamente proyecta sobre una hipotética civilización constituida en espectador imparcial.
La construcción social en la que nosotros, como ladrillos vivos, nos insertamos, es una casa en ruinas, o un viejo barco en el desguace. Puede haber ladrillos magníficos en sus paredes, puede incluso haber partes de la fachada que no estén dañadas, pero todo el mundo verá que la casa está en ruinas, y la belleza de algunos ladrillos no la salvarán del desguace ni de las máquinas demoledoras. Hay que sanear la estructura y volver a cimentarla. La base de una sociedad, o sus cimientos, es la moral del respeto universal: sólo desde ella podemos edificar leyes e instancias de reclamo de las mismas. Pero si moralmente no hay ya un consenso más o menos general sobre cómo debemos comportarnos, las leyes no servirán de nada porque estaremos en un conflicto constante. Si los cimientos morales ceden, toda la edificación caerá. Es necesario construir después con ladrillos nuevos, de forma que todos o casi todos están bien manufacturados y bien insertados. Digo todos o casi todos, porque un edificio, como una sociedad, puede contener pequeñas imperfecciones que no afecten a su belleza e idoneidad como construcción, si bien, a este respecto son ciertas dos cosas: la primera es que las imperfecciones no pueden superar un nivel dado, so pena de que el edificio pueda ser considerado defectuoso; la segunda, es que en la proporción inversa a sus defectos será la calidad de la edificación.
El hambre, la pobreza, las guerra la esclavitud antigua y la moderna, la explotación sexual y la laboral, la instrumentalización y manipulación del hombre por el hombre, la falsedad y parcialidad de nuestros propios relatos históricos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la prevalencia del valor económico por encima del valor de la persona, son, entre muchas otras señales, signos de nuestra ruindad y enfermedad. No creamos que por que ha habido millones de ladrillos magníficos y bellos, cumbres de la humanidad, podemos decir, sin embargo que nuestra sociedad funciona adecuadamente. La música de Bach es un milagro y su audición es capaz de elevar el espíritu humano y conmover el corazón, pero mientras su música resuene en los auditorios de los campos de batalla, la obra de este genio no pasará de ser un hermoso ladrillo. Mientras todos o casi todos los ladrillos no sean adecuados, y esto se dé a la vez, en un momento dado, nuestra casa social seguirá estando en ruinas ante los ojos de cualquier observador imparcial. La única salvedad y esperanza respecto de lo antedicho es que los humanos podemos influir en la sociedad de la que formamos parte y modificarla hasta cierto punto. Como glóbulos blancos del tejido social, tenemos la capacidad de combatir la infección siempre y cuando ésta no sea tan general que exceda nuestra capacidad de curación y regeneración. Cada ser humano tiene una responsabilidad extraordinaria porque el ejemplo de su vida y también su legado pueden contribuir, incluso después de su muerte, a mejorar la sociedad. La obra de cada ser humano, si es moral y benéfica, es como un trozo de un mapa más general que señala el camino de la fraternidad universal; es como un ingrediente de las fórmula magistrales de los fármacos del espíritu.
La sociedad es como el mar: las gotas vivas de agua marina podrán no estar de acuerdo, pero la tormenta las arrastra consigo en olas que generan destrozos y sufrimiento. Debemos darnos cuenta de que funcionamos conjuntamente como mar, más allá de nuestra condición de gotas. Es todo el mar el que debe aplacarse para que podamos navegar en paz y observar la extraordinaria belleza de su azul intenso que lo une al cielo.
José Beuter
[pensamiento 6/15/14-6-15]
© 6-2015
Fotografía: Belchite © Guillermo Beuter 20/5/2007
Según datos publicados a principios de junio por Eurostat, la oficina estadística europea, España es el líder europeo en desempleo juvenil, con 775.000 españoles menores de 25 años sin trabajo. Esta tasa es del 49,6 % y corresponde al mes de abril de 2015. Este liderato se ha mantenido en lo que va de año con las siguientes tasas: 50,6 % en enero; 50,2 % en febrero; 50,0 % en marzo. Sólo los jóvenes griegos tuvieron una tasa parecida en febrero de 2105 (50,1 %). Los datos más bajos se dieron en Alemania (7,2%), Austria y Dinamarca (ambas con un 10,1%). Eurostat ha desarrollado una aplicación interactiva que permite a los jóvenes comparar su situación con la de otros jóvenes europeos de su misma edad, respecto de varios temas, como el trabajo, estudios, familia tiempo libre y uso de internet.
A estos datos podemos añadir los que publicó recientemente el INE (ver artículo en este blog: “La indiferencia ante diez millones de pobres”) y que situaban al 22,2 % de la población y al 30,1 % de la población infantil española bajo el umbral de la pobreza (respectivamente 10.315.008 personas y 2.237.706 niños pobres).
Estos datos escalofriantes (compárese España con Alemania) debieran hacernos reflexionar y actuar. Sin recursos, los jóvenes no pueden iniciar su propio proyecto autónomo de vida, en la etapa fundamental para ello, debiendo permanecer económico-dependientes en casa de sus progenitores, hasta edades avanzadas, o practicar la patada en la puerta y vivir como okupas. Pocas más opciones quedan si no se van del país.
Esta es una juventud huérfana, perdida y quemada. Huérfana porque ha sido abandonada a su suerte por la sociedad que debía tutelar y proteger sus derechos fundamentales, en lo relativo al trabajo, la vivienda y al derecho a una vida digna. Perdida y quemada porque los años perdidos son irrecuperables y les han conducido a una carretera gris y muerta que no conduce a ninguna parte.
Respecto de este “abandono” nuestra acción social y política ha sido no sólo un fracaso, sino, también, irresponsable. Una y otra vez, año tras año, hemos ido constatando la ineptitud y corrupción de la clase política y de los poderes económicos (antaño llamados públicos) y les hemos vuelto a votar. Año tras año, nos hemos hecho cómplices de ellos desde el silencio, la delegación de poder, las excusas de “no podemos hacer nada”, el miedo, la pasividad o las reivindicaciones insuficientes. Le hemos echado la culpa a la crisis, a la burbuja inmobiliaria, a la corrupción política o al malo de turno, pero la verdad es que, como colectividad, tenemos una responsabilidad directa en este estado de cosas. Porque es evidente que si nuestra sociedad en masa se hubiese plantado diciendo: ¡hasta aquí basta!, esto no estaría pasando, al menos, no en el grado actual. Cada sociedad tiene a la clase dirigente que se merece. El poder emana del pueblo, por lo que es su responsabilidad exigir a sus gobernantes eficiencia, honestidad y voluntad política en la tutela y respeto de los derechos fundamentales y la dignidad de las personas. Una vida digna es aquella donde pueden ejercerse los derechos fundamentales. Pero, según las estadísticas, uno de cada dos jóvenes españoles, es decir, de nuestros hijos, no tiene una vida digna, lo cual vulnera la constitución, sin que a los políticos parezca importarles un ápice.
Constitución Española, artículo 10:
1.» La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social«.
Culpar a otros sin asumir nuestra responsabilidad social, no cambiará las cosas. Ha habido protestas, sí, y movilizaciones, sí, pero se han demostrado insuficientes. No basta con decir “NO” a la injusticia y a la corrupción, hay que decirlo una y otra vez hasta que nos duela la boca; hay que dejar de aupar al poder a ineptos y corruptos, pero también a aquellos que, ignorando cuáles son los deberes de un gobernante y los derechos del pueblo, sirven antes a los poderes e intereses económicos privados que al ciudadano. Y si alguien cree que servir a los poderes económicos, es decir, al capitalismo liberal, beneficia también al ciudadano, se equivoca: pues sólo beneficia los intereses de unos pocos, al resto los instrumentaliza, cuando no, los esclaviza.
Actualmente el capitalismo está generando, tanto en nuestro país como en casi todo el mundo, una fractura social: cada vez hay más pobres, al mismo tiempo que cada vez los ricos son más ricos (*), es decir, cada vez la riqueza está en manos de menos personas. Antes, sucedía lo mismo pero no era tan evidente desde cualquier ángulo, porque la fractura se daba entre países ricos y países pobres. Mientras los países avanzados disfrutaban de una insolidaria sociedad del bienestar, una gran mayoría de países, pertenecientes al «tercer mundo», se moría de hambre por el expolio y condiciones económicas a los que eran (y son, aún) sometidos por nuestros países «civilizados». Ahora ya hay un «tercer mundo» dentro de muchos países del primer mundo. Pero el capitalismo no es un ente ajeno a nosotros, no es un alien contra la humanidad; somos tú, yo, ese y aquel; ya sea en calidad de autores, colaboradores o pacientes; ya sea como sujetos activos o pasivos. Por tanto, al ser un producto humano, en el que de una forma u otra participamos y colaboramos, podemos desactivarlo y crear unas estructuras sociales más justas y solidarias. Ningún gobernante ni ningún sistema económico o social pueden dilatarse en el tiempo o pervivir en una sociedad si ésta, de alguna forma, no lo admite, tolera o alimenta..
Paralelamente hemos de observar si en nuestro nivel personal también mantenemos injusticias, corrupciones y abusos de poder. El problema social no es únicamente el mal funcionamiento de una generación política concreta. Si fuese así bastaría con un cambio general de dirigentes para mejorar las cosas, pero cambios ha habido muchos y las cosas siguen igual. El problema es nuestra poca evolución moral colectiva y una deficiente organización social. Respecto de lo primero, los cambios políticos se nutren de personas corrientes, como cualquiera de nosotros, con defectos y virtudes. Si a nivel particular no nos esforzamos por seguir un comportamiento moral de valores; si, por ejemplo, abusamos de nuestro poder en el ámbito familiar o laboral; si buscamos nuestro beneficio particular en vez del colectivo; lo más normal es que esto siga pasando cuando ocupemos cargos de responsabilidad política o social. ¿Por qué habría de cambiar? El problema añadido es que el mal y la corrupción que generemos desde los mecanismos de poder afectarán a muchas más personas que no desde el ámbito privado. Respecto de nuestra deficiente organización social, hemos consagrado como valores supremos la individualidad y la libertad negativa, anteponiéndolas al bienestar social y a la libertad positiva. Libertad negativa sería aquella por la que un sujeto estaría libre de coerción (de personas y de leyes). El liberalismo reivindica la libertad en sentido negativo, pues desea que el estado se inmiscuya lo menos posible en la organización social y considera como un robo los impuestos que supongan una cierta redistribución de la riqueza. La libertad positiva de una persona se da, en cambio, si ésta tiene capacidad y oportunidad de actuar. Los trabajadores en los países con alto paro laboral, tienen libertad negativa (nadie les impide trabajar) pero carecen de la libertad positiva, pues no hay trabajo. En esta perspectiva, el estado no sólo debe respetar la libertad del ciudadano, sino ayudarlo mediante la provisión económica y la creación de oportunidades (tal y como estipula la Constitución Española). Podemos apreciar por los datos aportados por Eurostat que el estado no crea las oportunidades para que los jóvenes puedan hallar empleo y ayudarse a sí mismos.
Por si fuera poco el miserable abandono social de nuestra juventud, algunos sectores insensibles de nuestra sociedad descalifican a los jóvenes sin recursos que se han lanzado a la calle a vivir como pueden. Les llaman despectivamente anti sistema y “rastas”. Y la política municipal y policial, a instancias del poder económico, les acosa. Es un despropósito establecer en la Constitución el derecho a la vivienda y al trabajo, para luego privar, entre otros segmentos sociales, a la juventud de ese derecho, a la par que se mantienen vacíos 4.000.000 de pisos en españa. ¿Qué tiene de malo que nuestra juventud ocupe esos pisos vacíos, mediante algun tipo de legislación y contraprestación social? ¿Es que preferimos que se vayan o que, desesperados, se lancen desde una azotea? ¿Qué pensaríamos de un padre que siendo dueño de varias propiedades vacías permitese que su hijo emancipado y en el paro (o deshauciado y sin recursos) durmiese en la calle? ¿No sería esperable que esa persona le dijese a su vástago?: – Hijo mío, mientras no tengas casa ocupa una de las mías. Pues de la misma manera sería deseable que nosotros, como «unos buenos padres de família» o al menos como una «sociedad razonable«, cediésemos nuestras viviendas vacías para que nuestra juventud no tuviese que dormir en la calle u ocupar casas.
Una sociedad que no cuida a sus hijos (y además abandona a sus ancianos) es una sociedad enferma y perversa. Es evidente que los verdaderos anti sistema no son estos jóvenes, sino todos los que han gangrenado el tejido social sano. Es el corrupto poder político y económico el que resulta antisocial, pues en un primer nivel ignora el altruismo, la solidaridad y el respeto del que se nutre la base moral social. De este primer nivel moral básico emerge, en las sociedades, un segundo nivel legal, con la creación de leyes e instancias que permitan reclamar el incumplimiento de tales leyes. En este segundo nivel nuestros gobernantes también actúan contra la sociedad porque incumplen los marcos legales que ellos mismos, como representantes públicos, han creado y establecido. Concretamente la Constitución española desde su mismo preámbulo dice:
Si el sistema establecido, vulnerando la Constitución, es el que ha llevado a la pobreza a millones de personas y niños, en España, así como al paro a uno de cada dos jóvenes, entones es mejor salirse de este sistema y crear una nueva organización social más justa.
“Cuando vivir es un lujo okupar es un derecho” (pintada vista en Barcelona).
José Beuter
© 6-2015
– Para ampliar información: clic sobre los enlaces del artículo –
– (*) El patrimonio de 85 personas es equivalente al de 3.750 millones de personas, la mitad de la población mundial). Ver pág. 37 del enlace VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España 2014 – http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf
La propiedad privada es un derecho, pero no absoluto. Hay riquezas particulares que por su tamaño, características y crecimiento, acaban fagocitando no sólo otras muchas propiedades sino la posibilidad de que los demás puedan ejercer, a su vez, el derecho a la propiedad. Así, paradójicamente, el derecho a una gran riqueza acaba generando una gran pobreza. Hay que limitar la propiedad privada allí donde atente a los derechos fundamentales de las personas.
José Beuter
[pensamiento 6/15/14-6-15 ]
© 6-2015
(*) «El patrimonio de 85 personas es equivalente al de 3.750 millones, la mitad de la población mundial)». Ver página 37 del enlace VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España 2014 – http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf
La pena de muerte es la introducción del derecho legal a matar. Una sociedad que contempla y aplica la pena de muerte no posee la capacidad moral de condenar el asesinato, y por tanto nunca podrá erradicarlo. Desprovista de una base moral de respeto universal, la “legalidad” de esa sociedad flota en el aire, es sólo aparente –en realidad, encubre un sistema político basado en el poder, la venganza y el miedo-. Las sociedades que impulsan y mantienen la pena de muerte son primitivas, a pesar de todos sus posibles avances científicos, y su moralina, basada en el “ojo por ojo”, nunca podrá ser una moral universal. Como todo lo primitivo y caduco de este mundo está llamada a desaparecer, el día en que el ser humano dote al término “humano” de un verdadero contenido.
El primer paso para erradicar el crimen en el mundo consiste en que los estados soberanos dejen de aplicar la pena de muerte.
José Beuter
– Este escrito fue publicado el 25-11-2011 en el blog de Amnistía internacional (50 años, 50 historias), a raíz de la ejecución de Troy Davis en el estado de Georgia, como comentario a la noticia –.
Todos los derechos fundamentales deberían garantizarse y respetarse, no sólo la libertad. La libertad de dormir bajo los puentes y rebuscar en las basuras no es realmente ninguna libertad ni ningún derecho. La libertad de enriquecerse a costa de la miseria de los demás, tampoco.
José Beuter
[sentencia 6/15/8-6-15.2]
© 6-2015
Haz clic para enlazar con el artículo «Sobre el contrato social«, donde aparece la expresión: la libertad de dormir bajo los puentes».
El contrato social es, en todo caso, un contrato incumplido.
José Beuter
[sentencia 6/15/8-6-15]
© 6-2015
El bien es el camino común que traza el ser finito cuando desea acercarse al Infinito. Común señala, aquí, un camino intersubjetivo, trazado no sólo desde la individualidad sino, a la vez, desde el terreno común de la comunicación intelectual y afectiva entre seres. El bien es el camino común de la voluntad. En este sentido relacional y volitivo puede entenderse la frase de Aristóteles sobre el bien: «aquello a lo que todas las cosas tienden».
José Beuter
[pensamiento 6/15/14-6-13] -fragmento de un escrito más amplio-
© 6-2015
Hemos de repensar el concepto de beneficio y especialmente el de beneficio económico. Del latín: beneficium, significa, en su primera acepción (RAE), “bien que se hace o se recibe”.
El beneficio, como el bien que señala, es un concepto inclusivo. También lo es (o debería serlo) el beneficio económico. Inclusivo en su doble vertiente: respecto de las cosas que incluye y respecto de las formas en las que tales cosas son incluidas. Es decir, cualquier tipo de beneficio es mayor cuantas más cosas incluya y de cuantas más formas benéficas diferentes. El concepto de beneficio es inclusivo como lo es el amor.
Cuando una empresa financiera obtiene un beneficio, éste es mayor si ha beneficiado al mayor número de personas posible (propietarios, trabajadores, compradores, vendedores, intermediarios, transportistas, familiares, sociedad, país, planeta…), y si a estas personas o entes sociales los ha beneficiado de muchas maneras y no sólo de una (por ejemplo, si ha aportado felicidad, esperanza, amor, conocimiento, ejemplaridad, confianza, respeto, y otras cosas además de dinero). Un negocio puede generar beneficio a sus dueños pero no podrá hablarse de verdadero beneficio si éste no alcanza también a los empleados (y no sólo se limita a permitirles sobrevivir). Las personas que sólo piensan en el beneficio como algo exclusivo, de una sola dirección, desconocen la profundidad de este concepto y la felicidad que genera cuando se expande como el amor.
José Beuter
[pensamiento 6/15/30-8-12]
© 6-2015
La historia debería ser reescrita. Grandes, dirigentes, presidentes, conquistadores han sido grandes criminales. Muchos han pasado a la posteridad con fama y buen nombre, otros incluso han ganado premios de la paz. Sin embargo su responsabilidad en la matanza de miles y de millones de seres inocentes no podrá ser olvidada nunca y gritará con palabras de sangre desde las blancas páginas de los libros de historia: ¡Asesinos!
Como cantó Pete Seeger: ¡Último tren a Núremberg! ¡Todos a bordo!
José Beuter
[pensamiento 6/15/23-8-13] © 6-2015
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La declaración de Derechos Humanos luce muy bien sobre el papel. Pero más importante que la simple enunciación de los derechos es el compromiso veraz de respetarlos y garantizarlos, lo que debe concretarse en unas instancias y mecanismos legales que los hagan efectivos y eviten su vaciamiento.
José Beuter
[pensamiento 6/15/10-6-13]
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«Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre […]»
Declaración Universal de Derechos Humanos (Preámbulo)
Mientras el mundo gira en un constante ajetreo y sus múltiples reclamos atraen nuestra atención, lo más importante transcurre muy cerca de nosotros, calladamente, y muchas veces no le prestamos atención. Lo esencial no se anuncia con trompetas.
José Beuter
[sentencia 6/15/11-1-12]
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Estos días, como tantas otras veces, he visto ancianos buscando alimentos en los contenedores de basura. Últimamente ha aumentado su número y la frecuencia con la que se ven. En esta ocasión, un grupo de ocho personas (todas menos una, de avanzada edad) había volcado un contenedor y buscaba frenéticamente comida, que luego se repartió sin disputas. Al acabar, los indigentes volvieron a poner el contenedor en su sitio y recogieron todos los restos. Una anciana de complexión débil y vestida de negro introdujo en un carrito lo que le había tocado. En su rostro había una expresión de felicidad por la comida hallada. Los otros ancianos también se marcharon contentos. Entre ellos parecía haber armonía y solidaridad. Cerca de ese contenedor había un cajero automático donde otra persona, bien entrada en años, dormía en el suelo, al lado de sus muletas. Es imposibe describir lo que sentí ante la visión de personas tan mayores y frágiles luchando por sobrevivir en la calle, cuando deberían estar cuidados y mimados por sus familiares y, en su defecto, por un estado respetuoso con los derechos humanos.
Yo me pregunto: ¿Qué pacto social hemos formalizado? ¿Por qué hablamos, desde Rousseau, del «contrato social« como algo que se da o se ha dado? Aunque el contrato social es una idea para explicar nuestra organización social y la delegación del poder individual, en realidad no sirve para explicar tales cosas, pues su propio concepto queda desmentido por la realidad, presente y pasada. El contrato social es, en todo caso, un contrato incumplido. Tampoco existe ni ha existido la «sociedad del bienestar», sino sólo la sociedad del bienestar de unos pocos. La prosperidad de algunos es mantenida por muchos esclavos modernos, cuyas vidas no son tenidas en cuenta. ¿Acaso no son Derechos Humanos la alimentación, un techo bajo el que vivir, tener una vida y vejez dignas, entre otros derechos fundamentales? ¿Cómo, repito, podemos plantear la idea del contrato social, aunque sólo sea por aproximación, en una sociedad que, holísticamente hablando, es egoísta e insolidaria, y donde sólo unos pocos (*) viven con cierta calidad de vida (y generalmente a costa de otros)?
Mientras una sola persona en el mundo pase hambre, no tenga cobijo, sea perseguida o abandonada a su suerte (o a su enfermedad) no podemos hablar de pactos rousseaunianos. El problema de una sola persona es el problema de toda la sociedad. El problema de un país es el problema de todos los países. No miremos nuestra calle, nuestro barrio o incluso nuestra nación para juzgar si existe justicia social. Miremos el mundo, miremos la pobreza, las guerras o la inmigración actual; miremos los países ricos y los países pobres; miremos la injusticia existente. ¿Acaso pensamos que la sociedad somos sólo nosotros o nuestro grupo próximo? Si cuando observamos una casa en ruinas vemos una ventana intacta o una parte de la casa que sigue en pie, aún siendo bello ese fragmento, ¿dejaremos de pensar, por un momento, que la casa sigue en ruinas? ¿Qué pensaría de nuestra organización social, un espectador imparcial, por ejemplo, una hipotética civilización avanzada extraterrestre? ¿Creería en el bienestar de nuestra sociedad? ¿Reflexionaría sobre nuestra estructura social como si de un pacto voluntario se tratara?
No se dan unas condiciones dignas de vida para la mayoría de seres humanos. Y dignas serían aquellas condiciones donde los derechos fundamentales no fuesen vacíos. Todos los derechos fundamentales deberían garantizarse y respetarse, no sólo la libertad. Porque la libertad de dormir bajo los puentes y rebuscar en los contenedores de basura no es realmente ninguna libertad ni ningún derecho.
Los seres humanos podemos decidir realizar, o no, ese pacto social, pero será superficialmente académico hablar de él cuando estamos tan lejos de alcanzarlo y cuando la sociedad del bienestar no es la sociedad del bienestar de todos.
José Beuter
[pensamiento 6/15/6-1-12]
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(*) Actualmente en el mundo el patrimonio de sólo 85 personas es equivalente al de 3.750 millones, la mitad de la población mundial)- ver pág. 37 del enlace: VII nforme sobre exclusión y desarrollo social en España 2014 –
http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf
Equiparable a la gran necesidad del ser humano de justificar sus actos es la gran cantidad de ellos que no tienen justificación alguna.
José Beuter
[sentencia 6/15/5-1-12]
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En el mes de mayo el INE difundió su encuesta de Condiciones de Vida del año 2014. Según esta encuesta el 22,2 por ciento de la población en España está bajo el umbral de la pobreza, así como el 30,1 por ciento de la población infantil (menores de 16 años). Sin embargo el aumento real de la precariedad (un 1,8 por ciento más que en 2013) aún puede ser mayor del que reflejan estas cifras, ya que el INE fija el umbral de riesgo de pobreza en el 60 por ciento de la mediana de los ingresos por unidad de consumo, por tanto, aumenta o disminuye en la medida en que lo haga la mediana de los ingresos. Al bajar la media de ingresos, en situaciones de crisis, una persona puede quedar por encima del umbral de pobreza, aunque sus ingresos sean escasos e insuficientes para cubrir sus necesidades básicas, y todo porque mucha más gente se ha empobrecido.
El bombardeo, por los medios de comunicación, de imágenes, números, datos y contra datos tiene muchas veces un efecto desorientador, más que informativo. Nuestro cerebro se colapsa con el exceso de información. Todo ello puede aumentar la indiferencia y despreocupación hacia temas que, por su importancia, deberían centrar nuestra atención.
Los datos sobre la pobreza no tienen nombre y apellidos, su información es descarnada, y si además son porcentuales nos presentan, reducida, una realidad más amplia, personal y viva. Nadie que tenga, por ejemplo, personas enfermas en su familia dirá: -En mi familia hay un 22,2 por ciento de enfermos. Sino que pensará en las caras, nombres y circunstancias de esos familiares, a la vez que, probablemente, experimentará algún tipo de pesar o sentimiento. Puede ser más fácil dormir tras haber leído en un periódico que el 30,1 por ciento de los niños en España son pobres, que si conocemos o imaginamos a 2.237.706 niños viviendo en la miseria. Ciertamente, no podemos relacionarnos con todas las personas y por tanto no conocemos sus penas más que por referencias (ésta es una de las aparentes dificultades para la empatía universal). Aún así, es posible imaginar y sentir el dolor ajeno. No es imprescindible conocer a todos los seres humanos para empatizar con ellos y actuar solidariamente ante sus desgracias. Sólo se precisa responsabilidad (es decir, estar dispuesto a responder por el otro) e interés por conocer aquello que pueda afectar a los demás. Esto posibilitará una lectura sensible de aquellas noticias y datos que reflejan la penurias por las que atraviesan. Es preciso, si queremos un mundo mejor, que la desgracia ajena no nos deje indiferentes y para ello debemos despertar, acrecentar nuestra sensibilidad, empatía y capacidad de reacción.
La indiferencia es uno de los males de nuestra época ¿Cómo podemos luchar contra ella?
En primer lugar. Podemos reflexionar sobre las personas que se ocultan tras los datos. Esto es, revertir, en cierta forma, el proceso de cosificación referido por Marx en el cual sólo tendemos a ver los objetos y manufacturas, y no a las personas que los han producido con su trabajo y esfuerzo. Sólo que en este caso se trata de pensar en las personas que están tras los números y la información genérica.
En segundo lugar. Podemos intentar cuantificar los datos porcentuales. En este caso, el 22,2 por ciento de personas y el 30,1 por ciento de niños que viven en España bajo el umbral de pobreza, se transforman correlativamente en 10.315.008 personas y 2.237.706 niños pobres, al aplicar el censo del 2014 (pues España cerró el 2014 con una población de 46.464.000 personas, de las que el 16 por ciento tenía menos de 16 años).
En tercer lugar. También podemos realizar experimentos mentales, por ejemplo, proyectar el 22,2 por ciento de pobreza sobre nuestra familia (tal vez esto ya esté sucediendo realmente). Podemos hacer lo mismo con los menores de 16 años de nuestro grupo familiar, sólo que aplicando el 30,1 por ciento. Elaboremos una lista de los familiares que habremos imaginado supuestamente en la pobreza y pensemos en la situación. ¿Qué sentimientos se despiertan en nosotros? ¿Cómo deben sentirse las personas que viven realmente en esas circunstancias? Imaginemos también que por un cambio dramático en nuestras circunstancias nos vemos obligados a dormir en la calle, a comer en comedores públicos, incluso a ceder temporalmente a nuestros hijos a familiares o amigos que puedan alimentarlos y cuidarlos mejor. Desgraciadamente, para un cierto número de Uds. no será necesario imaginar nada, pues ya están viviendo situaciones similares.
En cuarto lugar. Reaccionemos contra cierta tendencia actual de despreocupación ante la desgracia ajena. También ante la superficialidad y el hedonismo que acechan al ser humano en la sociedad de consumo. Cierta literatura enclavada en la autoayuda nos aconseja evitar las noticias de desgracias humanas como el hambre, terremotos, guerras, así como no frecuentar personas “perdedoras”. Si seguimos estos mensajes insolidarios nos deshumanizamos aún más. La vida no es una teleserie edulcorada. No sólo la felicidad, sino también el sufrimiento (y mucho) forman parte de ella. No podemos dar la espalda al dolor ajeno pues contribuimos a un mundo peor y más insensible que, a su vez, generará más sufrimiento. Si la causa por la que evitamos las noticias sobre los males de la humanidad es porque nos sentimos deprimidos, entonces también nos equivocamos: la empatía, solidaridad, la implicación y la ayuda a los demás es la mejor profilaxis contra el desánimo y tiende a relativizar nuestros propios males. Si la causa de nuestra inacción es, como creen algunos, que a nivel particular no podemos hacer nada por ayudar en las desgracias colectivas, estamos en otro error. Ya sea el hambre, los desastres naturales o las guerras, afectarán en mucho menor grado a la población si ésta se une y les hace frente, como ha sido demostrado repetidamente en la historia.
Por último. Podemos actuar, si es que no lo estamos haciendo ya, ante las tribulaciones ajenas, colaborar con las ONG adecuadas, ayudar en nuestros barrios. Podemos participar en debates, foros y seguir activamente las noticias para crear una corriente de opinión colectiva a favor de la solidaridad y contra la indiferencia. Podemos, en fin, decidir ser solidarios y educar en la solidaridad y el altruismo a nuestros hijos.
Aunque algunos políticos digan lo contrario, España no va bien: 10.315.008 personas pobres, de una población de 46 millones, lo contradice. Los datos deberían hacerles sonrojar y dimitir, pues menoscaban la Constitución Española, que tiene como una de sus finalidades básicas “promover el bien” de sus ciudadanos y “proteger a todos los españoles (…) en el ejercicio de los derechos humanos” (Preámbulo). El derecho al trabajo, a una remuneración suficiente para satisfacer las necesidades, el derecho a una vivienda digna y a pensiones adecuadas y actualizadas en la tercera edad, son también derechos recogidos por la Constitución Española (arts. 35, 47 y 50).
Si nos organizamos y creemos en nosotros mismos, podemos erradicar la pobreza en España (y en el mundo). Actuemos particularmente en consecuencia y reclamemos, también, de nuestros políticos esta acción inaplazable.
José Beuter
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– Pintura: Sans asile (Le Marchand de Violettes) Fernand Pelez., foto: J.B.
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Según recoge la prensa española, a inicios de mayo, el presidente de la patronal, Sr. Rosell afirmó, en un encuentro con empresarios de hostelería, que: “El sector público es la primera empresa del país y debe cambiar con mucha mejor gestión. Tenemos las dos grandes partidas de gasto, que son la Sanidad y la Educación, que seguro que si estuviesen gestionadas por empresarios, con criterios empresariales, yo creo que podríamos sacar mucho más rendimiento y podríamos hacer cosas de mucha mejor manera”.
En las siguientes líneas intentaremos mostrar las contradicciones y matices antidemocráticos de tales afirmaciones.
En primer lugar. Definición de criterio empresarial y criterio público. Fines propios de ambos:
Los criterios empresariales son los criterios propios de la empresa, y empresa es, según el diccionario de la RAE, la “unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios, con fines lucrativos”. Los criterios empresariales responden, así, a fines lucrativos, mientras que los fines de los poderes públicos, tal y como recoge el espíritu de la Constitución Española, responden al interés general. Sus fines son adecuados al servicio público, el cual siempre es, o debería ser, solidario y altruista.
La Constitución Española establece en sus artículos 27.5 y 43.2 que los poderes públicos garantizarán el derecho de todos a la educación; también que es a estos poderes a quien compete “organizar y tutelar la salud pública”. Pero ¿qué es un poder público? Nuevamente el diccionario de la RAE nos aclara que “se dice de la potestad, jurisdicción y autoridad para hacer algo, como contrapuesto a privado”. Si, según la definición de estos términos, el poder público está contrapuesto al privado, entonces la gestión privada de la Educación y Sanidad públicas, que propone el Sr. Rosell, es una contradicción en los términos. También es una propuesta antidemocrática, porque la democracia constitucional, mucho más rica y compleja que el simple concepto formal de democracia, garantiza unos derechos fundamentales que deben preservarse en su fondo y en su forma, en su contenido y en su gestión. La Educación y Sanidad pública no son sólo derechos fundamentales por su contenido sino por la forma en que la Constitución Española los organiza mediante los poderes públicos (y no privados), de forma que nadie pueda lucrarse privadamente de aquello que no es objeto de negocio sino un acto de servicio al bien común.
En segundo lugar. La gestión pública, en España, no excluye la privada. La Constitución Española garantiza en su artículo 27.6 el derecho de las personas físicas de crear centros docentes, así como reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado (art. 38). Cualquier particular o empresa privada puede abrir clínicas, mutuas, o centros de medicina. Sin embargo, la gestión privada propuesta por el Sr. Rosell sí excluiría, de realizarse, la gestión pública, pues dejaría la gestión de la Educación y Sanidad en manos privadas, restringiendo o anulando el ámbito que les es propio según la Constitución. Esto es un tipo de monopolio privado respecto de lo público. Podemos ver lo poco o nada que queda de la democracia cuando en algunos países el poder público o el privado se erigen unilateralmente como los únicos posibles, fagocitando, uno, el ámbito que le es propio al otro.
En tercer lugar. Permítasenos que dudemos del supuesto mejor rendimiento de la Sanidad y Educación públicas si son privatizadas (*) o dirigidas con criterios empresariales (es decir, de lucro). Ya hemos visto cuáles son los métodos neoliberales de la reforma laboral: disminución de salarios y de plantillas, abaratamiento del despido, aumento de la jornada laboral, contratación laboral precaria, pérdida de pagas extra, en fin, modificación a la baja de las condiciones laborales. Si se adoptasen medidas de este tipo en la Sanidad y Educación, unidas al ahorro consistente en la disminución y precarización de los servicios, se conseguiría, efectivamente, un lucro, pero no de los profesionales sanitarios o profesores, tampoco de los pacientes o alumnos, sino de unas pocas personas (privadas) que verían prosperar sus negocios a costa de unos derechos que deberían beneficiar a todos. El mundo empresarial tampoco es que sea un referente de buena praxis y gestión (al menos, no más que el sector público), tal y como nos vienen mostrando los continuos escándalos de corrupción a nivel nacional y mundial.
En cuarto lugar. La razón oculta que se esconde detrás de las declaraciones del Sr. Rosell no tiene que ver con la eficiencia organizativa. La Constitución ya establece en su artículo 31 una programación y ejecución del gasto público que debe responder a los criterios de “eficiencia y economía”, sin necesidad de que ningún poder particular se erija como reserva espiritual y patrimonio exclusivo de la eficiencia organizativa en España. La razón, pues, hay que buscarla en el apetitoso bocado-mercado que para el sector privado supondría abrir el mercado de la Sanidad y Educación públicas, con la consiguiente posibilidad de que unos pocos se lucrasen, privadamente, del ámbito público que abarca a todos los españoles. Así, la supuesta eficiencia en la gestión privada de estos entes públicos responde más bien a un afán de lucro insolidario y antidemocrático. Debemos plantearnos cuál es el tipo de mundo en el que queremos vivir y qué modelo de democracia queremos para nuestra sociedad.
José Beuter
© 6-2015
– Imágen: montaje sobre la pintura de Betty Swanwick, A.R.A. en Genesis, Seelling England By The Pound
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– (*) Respecto de la privatización de lo social leer el «Informe sobre exclusión y desarrollo social en España 2014» (clic en este enlace).