Es fácil quitar una vida – [Pens.]

Parece simple. Un segundo… aprietas un gatillo, clavas una daga, revientas una cabeza, envenenas, ahogas, quemas, decapitas, fusilas, agarrotas, guillotinas. Lanzas una bomba, Lanzas mil bombas…

Parece simple y rápido. Es fácil quitar una vida, es fácil quitar miles de vidas instantáneamente.

Imaginemos, por un momento, la vida de un ser humano desde que nace: segundos, horas, días, meses, años, abriéndose camino y avanzando poco a poco. La vida se toma mucho trabajo en formar a una persona. El bebé que, tal vez, la madre meció y acurrucó, y que luego aprendió a caminar y a hablar. El niño o niña que pasó años en la escuela (o en la calle) aprendiendo mil cosas. El adulto que, quizás, ya había construido una identidad, una familia y una vida. Y, de repente, en cualquier punto de la línea temporal de esa existencia, un criminal desalmado, pone el punto final, merced a un acto de violencia infinita, egoísta y de injusticia inenarrable.

El asesino se lo arrebata todo a la víctima, no sólo su vida, sino también el sentido, interacciones potenciales y finalidad de su vida presente (como constructo de todo su pasado) y su futuro, y, en muchas ocasiones, el presente y futuro de sus seres queridos. Pero ¿y si se da muerte a un asesino confeso? Incluso en este caso, la pena de muerte no deja de ser otro crimen que también arrebata todo a la persona, incluso la posibilidad de cambio y redención. Evidentemente no podemos condenar moralmente el crimen si nosotros hacemos lo mismo (aunque llamemos a este último «justicia legal»); ni tiene sentido introducir, con la pena de muerte, el derecho legal a matar, como forma de combatir «el matar».

Guerras, asesinatos individuales y colectivos, originados por: conflictos, poder, venganzas, robo, envidia, honor y tradición (mal entendida), justicia alienada, violencia de género. Podemos hallar centenares de motivos por los que el ser humano mata y asesina. El asesinato y el crimen colectivo ha sido una constante en la historia, hasta nuestros días. El avance tecnológico no ha comportado un progreso moral. Sólo en cualquiera de las dos últimas guerras mundiales se han asesinado millones de personas; muchas de ellas instantáneamente, con la simple y fría pulsación de un dispositivo (como Hiroshima y Nagasaki, y los crueles bombardeos de todos los bandos), otras, tras penosos sufrimientos, como en el Gueto de Varsovia, el Holocausto nazi, o las purgas de Stalin y Mao, entre otros muchos crímenes masivos.

El asesinato individual y la guerra, (que es el crimen entre colectivos), tienen la misma raíz perversa. Y no cabe pensar que las guerras justas serían una excepción porque no hay guerras justas. La historia lo demuestra. Y si en alguna ocasión pudo parecer que había una guerra justa, como cuando el mundo luchó contra el horror del nazismo, el comportamiento de las naciones adversarias la desmintió, pues no fueron mucho mejores moralmente. Sólo hace falta recordar que Stalin asesinó a muchas más personas que Hitler, y que, por ejemplo, los bombardeos convencionales de ciudades alemanas (Dresde, Hamburgo) y japonesas, fueron una masacre (crímenes contra la humanidad). Sólo en Tokio entre 88.000 y 125.000 personas murieron en un bombardeo con bombas incendiarias, lo que supone más víctimas inmediatas, que las que hubo en los bombardeos nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki (entre 105.000 y 120.000 víctimas iniciales -posteriormente se estima que la cifra aumentó hasta 246.000, a finales de 1945-. De muchos otros horrores fueron también autoras las potencias vencedoras y sus líderes.

Sobra violencia en el mundo, sobran asesinos. Pero sería equivocado demonizar a una parte de la sociedad y redimir a otra. Sería un reduccionismo pensar que la violencia es responsabilidad de sólo unos cuantos. La violencia está demasiado insertada en el tejido humano como para señalar como responsable a sólo una facción. Cierto es que hay muchas personas inocentes que nunca, por acción u omisión, han cometido crímenes, pero los seres humanos somos corresponsables de la violencia social e institucional en la medida en la que la constatamos y no hacemos nada por erradicarla. Nuestra cultura es violenta: lo son muchas de nuestras escuelas, libros, películas; muchas de nuestras relaciones sociales, familiares, laborales y de poder. Nuestra resignación e inacción sobre la violencia la alimenta.

Las escuelas en muchas zonas del mundo perpetúan una sociedad violenta con el culto directo o indirecto a las armas, una interpretación sesgada de la historia y cierta complacencia en la violencia cotidiana.  La violencia está enquistada en la cultura, en los medios de comunicación y en el ocio. Esta violencia aceptada, «culturizada», transmitida y perpetuada, que se consume diariamente, no es sólo la violencia entre seres humanos, sino también la violencia hacia los animales, a los que torturamos por pura diversión (disfrazada de cultura o tradición), y sobre los que experimentamos y utilizamos como alimento.

 Hemos crecido aceptando la violencia como un hecho natural, convertido en hobby, cultura y ocio.  Si alguien cree que exagero que reflexione sobre un simple ejemplo (sobre muchos otros posibles): Podemos ver en una sencilla película del Oeste, (proyectada en colegios, o vista en familia en la tele, o en el cine) el desprecio total por la vida humana, apreciable en la intrascendencia con la que se trata el asesinato y la violencia. Escena posible: parapetados tras un círculo de carretas un grupo de vaqueros, pertrechados con armas de fuego, disparan a indios que atacan con arcos y flechas. Mientras los vaqueros disparan, cuentan anécdotas, bromean y compiten contando los indios que lleva abatidos cada uno (esta es una película real.) Los indios caen uno tras otro, pero ¿a quién le importan los indios? Las imágenes no se detienen en reflejar la agonía o el dolor de los heridos. Tampoco reflejan el pasado y la historia de cada uno de los muertos. La cámara pasa veloz y trivialmente sobre los jinetes abatidos como moscas, mientras resuenan las risas y bromas de los vaqueros. Hay padres que compran a sus hijos pistolas de juguete, o juegos bélicos. Total, – «¡Si los niños siempre han jugado a estas cosas…! De mayores (e incluso aún niños) algunos se aficionan al boxeo, a la caza o a espectáculos tan denigrantes y primitivos como los toros. Es el placer de ver como dos personas se pegan hasta caer desmayados, o el gusto de abatir a un ser vivo uno mismo, o disfrutar de la tortura y sufrimiento de un animal.

El caso es que vivimos una violencia cotidiana que abarca, y se manifiesta en, muchos aspectos sociales y «culturales». El cine ha trivializado las guerras y las ha convertido en ocio. Hoy en día cualquier niño americano come palomitas mientras ve un espectáculo de lucha libre, juega a un videojuego de «matar» o visiona una película de guerra con centenares o miles de muertos. Lo malo es que esa película se ofrece con frecuencia a la juventud (y a la infancia) no como hechos ya históricos, ya simulados, de los que aprender lecciones éticas, sino como ocio y disfrute de la acción violenta, por sí misma, como algo natural y deseable. Hoy en día las películas son cada vez más violentas y cada vez están más al alcance de los niños.

¿Cómo podemos crear una sociedad pacífica de esta manera? Si cada uno no exige en su entorno social inmediato, y también en su país, que cese todo tipo de violencia y de apología de la misma,  ¿cómo puede esperar, entonces, que desaparezca la violencia en el mundo?

Como decía al principio: Parece simple y rápido. Es fácil quitar una vida, es fácil quitar miles de vidas instantáneamente. Pero no se puede eludir la responsabilidad, la ruindad moral, como tampoco eliminar el sufrimiento ni el daño causado. También es imposible reparar o reponer esa vida. Por eso, cuando la violencia cae en el extremo perverso de segar vidas el causante se convierte en un verdadero zombi. El asesino tiene aspecto de persona pero en realidad es como un muerto viviente (de la persona sólo le queda la carne), y aún más, es  un ser monstruoso, incapaz de experimentar sentimientos como la piedad o de darse normas morales. Para acabar con la violencia no hay que justificarla nunca. Hay que señalarla, denunciarla públicamente y no alimentarse de ella, ni alimentar con ella a la infancia, como espectáculo u ocio. Mostrémosles, por el contrario, el respeto y cuidado que se debe a toda vida.

Contrariamente a lo expresado en una obra de Vigicio: «Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum» (quien deseara la paz, se debiera preparar para la guerra), el que desee la paz debe construirla. La paz no se alcanzará hasta que la humanidad no se comporte pacíficamente y eso significa no sólo erradicar la violencia de la cultura y de las relaciones sociales, sino establecer unas relaciones humanas armónicas basadas en el respeto mutuo, en la cooperación y en la no instrumentalización de los demás. Debe cesar el expolio de unos países sobre otros. Debemos compartir la riqueza del planeta y la tierra, empezando por los más desfavorecidos.

La destrucción de la humanidad y del mundo no es una quimera, está en el horizonte de posibles (y probables) futuros. La humanidad sólo sobrevivirá como tal si aprende a ser activamente pacífica, solidaria, respetuosa y cooperativa. Nuestro progreso (geométrico) científico y armamentístico, nuestra capacidad tecnológica de infligirnos daño será la responsable de nuestra segura destrucción si no somos capaces de cambiar y establecer una paz verdadera basada en unas relaciones humanas respetuosas y fraternales.

José Beuter

[Pensamiento 12/16/27-12-2016]

© 12-2016

La Paz -Navidad 2016-

LA PAZ

Paz no es sólo ausencia de conflictos,

no es un hecho estático sino dinámico.

La paz es la consecuencia directa del amor.

Se nutre del cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento hacia los demás.

*

Muchos hablan de paz, pero pocos saben cultivarla y hacerla crecer.

No podemos crear paz si somos responsables, de alguna forma, del sufrimiento ajeno.

No tendremos paz si, aun no siendo responsables, miramos hacia otro lado ante el mismo.

No habrá paz si olvidamos nuestra corresponsabilidad en el bienestar global, de todo ser humano, de toda vida y del planeta.

*

La paz no es la paz contractualista del: «no te daño si no me dañas»,

esa paz nunca ha durado ni ha sido auténtica.

La paz es el bien por el bien mismo,

el respeto sin condiciones,

la medida de nuestra humanidad.

*

INGREDIENTES DE LA PAZ:

– Amar a los demás, que implica:

– Ayudar a quienes lo necesiten

– Ser responsable de los demás, es decir, involucrarse, estar dispuesto a responder

ante sus penas y miserias

– Respetar a todas las personas y no convertir a nadie en mero instrumento de los propios fines

– Conocer a los demás, sus necesidades y anhelos en la medida de lo posible

Amar y respetar también a toda vida sintiente, capaz de experimentar miedo y dolor

– Cuidar nuestro planeta vivo

La paz será, así, la consecuencia natural de nuestras acciones de amor

*

TE DESEO UNAS FIESTAS LLENAS DE VERDADERA PAZ Y AMOR.

FELIZ NAVIDAD 2016 Y MEJOR AÑO 2017.

José Beuter Navidad 2016

 

José Beuter

La pregunta de las preguntas – [pens.]

P1050245¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Son preguntas filosóficas esenciales. Pero hay otra pregunta, si cabe, más importante: ¿Cómo hacer felices a los demás, incluyéndome a mí mismo? Esta pregunta puede subdividirse en otras: ¿Cómo contribuir al bienestar de la humanidad, a la justicia global, a ayudar a la realización de otras personas? ¿Cómo erradicar guerras, violencia, y toda acción humana que produzca sufrimiento? Aunque la referencia a “uno mismo” no aparece en estas preguntas subordinadas, sí está implícita en todas ellas. En la humanidad, en la universalidad del bien e incluso en el subconjunto “los demás” yo estoy comprendido. La división entre el “yo” y “los demás» es sólo una división que establece el lenguaje cuando focaliza uno u otro término (como el aire de la cocina y el aire del salón), pero en realidad no puede ser establecida como una separación entre compartimentos estancos, pues el “yo” y “los demás” existen en interrelación. Así la pregunta anterior podría simplificarse de esta forma: ¿Cómo hacer felices a los demás? (que veremos que es otra forma de la pregunta ¿cómo amar a los demás? ), en el entendido de que si la acción cumple su propósito, yo siempre estaré incluido en ella (es decir, seré tanto sujeto como objeto).
Esta es la pregunta principal y aplicándose a responderla con actos, es como cobrará sentido la propia vida. La respuesta activa a esta cuestión también puede aplicarse a las otras preguntas fundamentales, sólo que en este caso el conocimiento se origina en la experiencia de la acción (yo soy un ser que amo) y no sólo desde la especulación. Así, el conocimiento que podemos adqurir sobre nosotros mismos será mayor que si sólo nos interrogamos sobre nuestra identidad o pensamos únicamente en nuestra felicidad. Podríamos pensar que sólo podemos amar si conocemos quienes somos, pero en realidad está mal planteado: no será el conocimiento sobre mí el que me hará amar, sino la práctica del amor la que me revelará mi identidad y la del otro. Cuando vamos más allá de la especulación mental (quién soy) y nos adentramos en la praxis del amor, el verdadero significado del binomio “yo-otro” se nos revela. El “yo” individual siempre es un “yo” con el otro, pues se desarrolla “en” y “con” el otro; sólo puede existir si el otro existe. Los conceptos de individuo y de humanidad son interdependientes.
La pregunta de la filosofía moral: ¿Qué debo hacer? es un subconjunto de la pregunta ¿cómo hacer felices a los demás? (incluyéndome a mí mismo) y no al revés. Si esto es así, la pregunta moral “qué debo hacer”, estaría mejor planteada de alguna de estas formas (o de todas ellas conjuntamente): “cómo hacer el bien, cómo amar, cómo hacer felices a los demás”. El Bien, la Felicidad, el Amor, son todo lo que hay (el bien es aquello a lo que todas las cosas tienden, según Aristóteles). En nuestro lenguaje diferenciamos estas palabras, pero en nuestra experiencia y en nuestro corazón podemos sentir su unidad. Si el Bien es el referente infinito de nuestra moral  cualquier acto finito que pueda hacerse será un bien más o menos desarrollado, por tanto, es más general preguntarse sobre el bien de la propia acción  que sobre el tipo de acción a realizar. Para el filóso Agustín el mal es la ausencia de bien, es decir, no tiene una entidad positiva, aunque sus manifestaciones afecten al mundo. Esta es una tesis apasionante que cambia el enfoque de nuestra acción moral propia y colectiva. Si una habitación está a oscuras deberemos iluminarla y no combatir la oscuridad con espadas y conjuros (pues la oscuridad es la ausencia de luz). De la misma forma, socialmente combatiremos mejor el mal si lo interpretamos como un bien poco desarrollado. En vez de luchar o reprimir el mal de las personas es mejor actuar para desarrollar su bien.

Si esto es así ¿por qué no procuramos responder a esta pregunta? En un mundo de modas pasajeras y de placeres efímeros, donde consumimos privadamente una felicidad-basura que resulta casi siempre insuficiente e indigesta, ¿por qué no nos proponemos, sinceramente, incluir a los demás en nuestra búsqueda de felicidad? El amor es la respuesta.

José Beuter

[pensamiento 11/16/4-3-15]
© 6-2015

Los Grandes Conquistadores [pens.]

P1050245 ¡Los Grandes Conquistadores!
Estas palabras pomposas se incluyen en los titulares de libros, revistas, fascículos y literatura pseudo histórica. Pero en el fondo no son más que una manipulación del lenguaje (ya sea consciente o inconsciente). Los «grandes» conquistadores son los grandes invasores, los grandes asesinos y genocidas de la historia, aquellos que han causado guerras y sufrimiento, muerte y miseria, para su mayor gloria… Son los grandes ególatras y los grandes egoístas, los inmaduros y amorales supinos, la escoria humana. Nadie debería recordar sus gestas sin impregnarse a la vez del sufrimiento y desesperación de sus víctimas olvidadas.

No hay nada de honorable en la palabra «conquistador», ni ninguna grandeza.
José Beuter

[pensamiento 7/15/4-3-15]
© 7-2015

Civilización superficial – [pens.]

P1050245      La capa de cultura y civilización es aún muy delgada en el ser humano: acabamos de salir de las cavernas. Hemos aprendido a matar con más eficiencia, pero no hemos aprendido lo más importante: dejar de matar. Como decía T. Adorno, de la honda a la bomba atómica el progreso humano parece una carcajada satánica.
José Beuter

[pensamiento 7/15/8-7-2015]
© 7-2015

El deber de ser libre – [pens.]

P1050245Ser libre no sólo es un privilegio, es un deber, una tarea. Sólo en libertad con respecto a lo que los demás nos imponen o esperan de nosotros y, también, respecto de nuestra rígida o temerosa proyección de lo que deberíamos hacer (o temeríamos dejar de hacer), es posible tanto la verdadera autonomía creativa como la plenitud de una vida de amor.
José Beuter

[pensamiento 7/15/x-x-2007]
© 7-2015

Un mundo mejor es posible ahora – [pens.]

P1050245La gravedad impide que nos elevemos del suelo, pero nada impide en sentido estricto crear un mundo de justicia. Imaginemos por un momento la emoción y felicidad que experimentaríamos en ese estado: mucho mayor que la de cualquier producto de ocio o consumo.

Detengamos el tiempo y sintamos la magia de ese momento eterno. Viajamos hacia la concordia, la paz y la felicidad. No sólo son nuestra meta, también son el camino.

José Beuter

[pensamiento 6/15/25-6-15]
© 6-2015

Nuestro pequeño poder – [pens.]

P1050245Para mejorar el mundo podemos, cada uno de nosotros, cuidar el trato que dispensamos a los demás cuando nos movemos en nuestra esfera de poder particular.

Nos quejamos, en ocasiones, del poder despótico de otras personas, pero tal vez nosotros hacemos lo mismo con nuestros subordinados, familiares, clientes, amigos. Casi todas las personas ejercen o han ejercido poder en algún momento de sus vidas. No importa si ese poder es pequeño y alcanza sólo a una persona, igualmente debe ser ejercido con amor y justicia. Para cambiar las relaciones de poder en el mundo, empecemos por nosotros mismos.

José Beuter

Pens. 6/15/x-x-11)
© 6-2015

La complicidad del miedo [pens.]

P1050245El miedo puede transformar a una persona buena en cómplice del verdugo.

El miedo no sólo paraliza sino que enajena. Lo que en la prehistoria pudo servir para salvar nuestra vida física y preservar nuestra especie hoy puede pudrir nuestra vida espiritual y condenar a la extinción a la raza humana.

A lo único que deberíamos temer es al propio miedo, a este miedo que nos hace insolidarios, inhumanos y cómplices del mal.
José Beuter

[Pensamiento 6/15/14-1-12]
© 6-2015

La violación, mutilación y pederastia legales [pens.]

Báscula hombre - mujer   En algunos países la violación marital no es delito pues la ley no la contempla. Tampoco lo es el matrimonio con niñas de corta edad (a veces de sólo cuatro años), así como la mutilación genital de niñas y mujeres. Hay personas y también culturas que conciben el papel del matrimonio como una licencia para la agresión y la violación  Pero la clasificación de un acto como violación no depende de que éste se dé dentro o fuera del matrimonio, al igual que el trato degradante, palizas, intimidación y acoso.  Aquella legislación que no contemple estos hechos como un delito es inmoral, o mejor dicho, su moralidad, en el sentido de «costumbre», se asemeja más a la amoralidad animal que a la superior capacidad de otorgarse normas de comportamiento, propia del ser humano.

Nosotros vemos execrable ese comportamiento, pues en nuestra comunidad las normas tienen una base moral, son sometidas a una reflexión ética (en mayor o menor grado) de la que emanan luego las leyes -por meditación ética se entiende el pensamiento científico-filosófico, que propicia un conocimiento valorativo y justificativo del comportamiento humano-. Pero en esos países no se da (o apenas existe) tal reflexión. Al carecer en gran medida de una base moral, la legalidad de tales sociedades no es más que el reflejo de ese hueco, de esa falta. Las leyes son, básicamente, el reflejo moral de una sociedad.

Podemos sopesar la conveniencia de diferentes normas, pero del principio ético fundamental (el respeto a toda vida humana) nadie puede desentenderse sin ser deshonesto, pues brota de nuestra condición humana. Somos ante todo personas y ese hecho se da antes que cualquier otra cosa: antes que nuestras creencias, nuestras religiones o nuestras costumbres. No pueden esgrimirse ni la cultura ni la tradición, ni la ideología, ni siquiera la ley, para faltar al principio ético fundamental del respeto a los demás. Uno no puede desentenderse de la razón ni de su propia naturaleza, para atentar contra esa misma naturaleza, y el hecho de que tal situación suceda no significa que pueda legitimarse racionalmente. Cierto es que la ética no puede imponer normas particulares de comportamiento que sólo pueden ser vinculantes para los que, voluntariamente, desean someterse a ellas, pero las obligaciones respecto a las mujeres y niñas de las que hablamos no son reglas de conducta particulares, sino leyes universales. Nadie honesto puede ignorar el respeto por la vida de uno mismo y la de los demás, profese la religión que profese.

La violación marital y el matrimonio con menores, como también la violencia, mutilación y dominación ejercidas sobre las mujeras, constituyen actos contra el principio ético fundamental: el respeto por los demás, por la vida y la naturaleza que encarnan. Los países que así lo entienden tienen todo el derecho de desarrollar una legalidad internacional que mediante la presión y los medios adecuados termine con la conculcación de los Derechos Humanos.

El matrimonio no es un medio por el cual se posee legalmente una esclava a la que se pueda violar y pegar, es un contrato entre personas iguales, titulares ambas de derechos. Tampoco pueden escudarse en la legalidad la mutilación genital femenina y el matrimonio forzado con menores (*) -es evidente que en este caso siempre se hace de forma forzada, pues la niña, no es consultada y aunque lo fuera no tiene ni madurez ni libertad para elegir -. La comisión de estos actos debería estar castigada por las leyes de todo país –cosa que actualmente no sucede-. Por esta razón debe intervenir la comunidad de naciones, pero esto tampoco se ha dado de manera eficiente:

La dignidad y derechos de la mujer no están protegidos adecuadamente por la ONU ni por las instancias de reclamo internacionales. Actualmente millones de mujeres y niñas de muchos países son violadas dentro y fuera del matrimonio; son objeto de agresiones y de mutilaciones genitales; son sometidas a la esclavitud por parte de los hombres y se menoscaban todos sus derechos, incluido el de la educación y sanidad (**).

Agredir de cualquier forma a la mujer, recortar o tutelar su autonomía, impedir o limitar su acceso a la educación y sanidad: si todo ello se realiza en un país por mor de su legislación soberana, ya sea por leyes explícitas o por la ausencia de éstas (que protejan de tales abusos), es un delito contra la humanidad. Toda legislación que atente en su fuero contra los Derechos Humanos excede el terreno meramente nacional, y sus posibles acciones podrán considerarse, a tenor de su gravedad y extensión, crímenes de lesa humanidad. Ejemplo de ello, son las legislaciones que permiten la boda a niñas de diez años (Sudán), o disciplinar físicamente a las mujeres (Emiratos Árabes); o las que no fijan una edad mínima para el matrimonio (Yemen), o no reconocen la violación marital como delito, como es el caso de Arabia Saudí, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos, Argelia, Kuwait, y el mismo Yemen (**); o las que permiten (o no atajan) la mutilación genital femenina, como Yibuti, Egipto (sólo en Egipto afecta a 27,2 millones de mujeres y niñas (***), Guinea y Somalia, países donde la han padecido nueve de cada diez mujeres entre 15 y 49 años, según fuentes de Unicef.

Se me hace difícil comprender el porqué tales países permiten el mal de sus propias ciudadanas. Y, como he dicho, estas acciones no pueden justificarse en la tradición, ideología, religión o cultura, porque la condición de mujer y de «ser humano» es anterior a todas ellas. Esta barbarie puede ser, en parte, una consecuencia del expolio colonial y la marginación que han padecido (y aún padecen) por los países ricos, y que han lastrado su desarrollo económico, técnico, social y ético, sumiéndolos en la pobreza e ignorancia. Y con ello no justifico nada, sólo indago causas. Sea cual sea la razón, no puede permitirse este estado de cosas. Debemos devolver la dignidad y los derechos a la mujer allá donde no son tenidos en cuenta, pero, también, debemos dejar de aprovecharnos económicamente de esos países y diseñar políticas internacionales de solidaridad, prosperidad y crecimiento mutuos. No sólo porque es lo justo sino porque los derechos humanos no son tenidos en cuenta en paises donde reina la pobreza, la corrupción y la incultura. Por tanto, no sólo desde la presión internacional sino desde la justicia  y solidaridad económicas debe lucharse por los derechos de la mujer.

Todo lo que se hace a favor o en contra de una sola mujer en el mundo, se hace a favor o en contra de cualquier mujer, y por tanto, de la humanidad. Todo lo que se hace a favor o en contra  de un país, redunda también en la comunidad de naciones.

¡Vamos a cambiar este orden de cosas!

José Beuter

[pensamiento 6/15/21-6-15]
© 6/2015

– (*) “Casar a una niña cuando solo tiene 4, 5 ó 6 años, o incluso con 14 ó 15, es básicamente terminar con su vida”, afirma desde Nueva York Anju Malhotra, asesora principal de UNICEF sobre género y derechos. Ver artículo «Casadas demasiado pronto» -clic en este enlace-.

– (**): Respecto del monoscabo de los derechos  de las mujeres, así como sobre los datos aportados, véase el informe (en Inglés) de la Fundación Thomson Reuters Women’s rights in the Arab world  (Los derechos de la mujer en el Mundo Árabe) -clic en este enlace-.

– (***) Ver también el artículo de Unicef: Lucha contra la mutilación genital femenina -clic en este enlace-.

OTROS ENLACES DE INTERÉS:

La protección de la infancia contra la violencia, la explotación y el abuso:

  • UNICEF calcula que 70 millones de niñas y mujeres de entre 15 y 49 años de edad de 27 países de África, además de Yemen, han sufrido la mutilación o ablación genital femenina.
  • Desde 2007 más de 60 millones de mujeres de todo el mundo con edad comprendida entre 20 y 24 años contrajeron matrimonio antes de que alcanzar la edad de 18 años.

http://www.unicef.org/spanish/media/media_45451.html

Respecto de la mutilación genital femenina:

  • Fátima Djarra Sani: «Cada vez se practican más ablaciones a bebés»

http://www.lavanguardia.com/salud/20150623/54432979111/entrevista-fatima-djarra-ablacion-africa-espana.html

  • Entre 100 y 140 millones de mujeres y niñas viven con las consecuencias de la mutilación genital femenina.
    Comprender y abordar la violencia contra las mujeres
    Mutilación genital femenina (Organización Mundial de la Salud, 2013).

http://apps.who.int/iris/bitstream/10665/98838/1/WHO_RHR_12.41_spa.pdf?ua=1

  • Mutilación genital femenina (MFG), OMS

http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs241/es/

  • La mutilación genital en la mujer del siglo XXI

http://www.elsevier.es/es-revista-progresos-obstetricia-ginecologia-151-articulo-la-mutilacion-genital-mujer-siglo-xxi-13048277

  • La mutilación de los órganos genitales de niñas y jóvenes constituye un trato inhumano y degradante. Artículo de la 3 Convención europea de derechos humanos.

http://www.echr.coe.int/Documents/Convention_SPA.pdf


 

Cambiar nuestro presente – [pens.]

P1050245      Podemos modificar nuestro presente y, con ello, el futuro. El presente puede cambiarse en gran medida a condición de que haya un deseo claro (y no vago) y que este deseo sea activo y positivo; es decir, que utilice los medios a su alcance de forma perseverante para alcanzar el fin, y que sepa encarar los reveses de forma positiva o creativa. El deseo se transforma así en voluntad.

Uno podría pensar que poco podemos hacer para cambiar el presente, pues sólo controlamos, y hasta cierto punto, una parte de los acontecimientos. Nos ocurren cosas sobre las que no tenemos control y que no podemos evitar ni redirigir. Bien, aún siendo así, sigue siendo válida la primera afirmación de este escrito, pues el presente siempre es, y ante todo, un presente vivido, un presente que se da en mí, me afecta a mí ,y que yo valoro y califico. Tal vez no pueda cambiar las circunstancias externas pero sí las internas, es decir, puedo cambiar todo lo que sucede dentro de mí cuando esas circunstancias me golpean, y eso me permite enfrentar el futuro a mi manera, aunque sea sólo el futuro de unos meses, días, horas o instantes.

Tenemos un control mayor del que creemos sobre nuestro presente y futuro porque, incluso en los hechos que nos superan y no dependen de nosotros, conservamos la capacidad de escoger cómo nos afectarán y cuál será nuestra respuesta. Modificar el presente no significa necesariamente poder dilatarlo en el tiempo, sino vivirlo como agentes y no como pacientes; tomar las riendas de nuestra vida, por poco que le quede; determinar qué sentido tendrán y cuál no, los hechos que enfrentamos.

José Beuter

[pensamiento 6/15/18-6-15]
© 6-2015

Las ruinas de nuestra construcción social – [pens.]

G.uillermo Beuter 20-5-07       Las personas formamos parte de un tejido social superior. A nivel individual el ser humano puede haber conseguido grandes logros sociales y personales, su categoría moral puede brillar con luz resplandeciente, pero, al igual que un grano no hace granero, el individuo no hace sociedad. Por excelente que sean algunos de sus miembros o grupos, la sociedad actual es un tejido enfermo y así se verá, seguramente, desde posiciones exteriores. Puede haber muchas células sanas en este tejido pero mientras la gangrena lo infecte éste está destinado a morir.

Aquí surge un “pero” ¿Podemos ver desde una posición exterior el tejido en el que nos insertamos? La respuesta es un no con matices. De la misma manera en que yo no puedo salir fuera de mí y observarme con mis propios ojos, no podemos salir de la dimensión o estructura social en la que vivimos para contemplarnos desde el exterior, pues las lentes o sensores con las que, en tal supuesto, nos observaríamos, pertenecen a este nivel social y no al superior. Sin embargo, podemos intentar imaginar cómo seríamos vistos desde la posición hipotética de un espectador imparcial. Este intento subjetivo de objetivación es necesario y debería darse en el desarrollo de cualquier sociedad, al igual que sucede en el individuo. El niño pequeño en su etapa egocéntrica, no es capaz de imaginar cómo es visto desde fuera, él es su propio centro y los demás giran a su alrededor. Sin embargo a medida que crece, deberá abandonar el egocentrismo si desea ser aceptado en la comunidad. La imagen que proyecta en esa sociedad tampoco pueda verla directamente, pero sí imaginarla y contrastarla. De igual forma, la sociedad inicia su andadura en una fase sociocéntrica. Pero a medida que avanza debe examinar su estatus, la visión que ella misma tiene de sí y, lo que es más importante, la imagen que supuestamente proyecta sobre una hipotética civilización constituida en espectador imparcial.

La construcción social en la que nosotros, como ladrillos vivos, nos insertamos, es una casa en ruinas, o un viejo barco en el desguace. Puede haber ladrillos magníficos en sus paredes, puede incluso haber partes de la fachada que no estén dañadas, pero todo el mundo verá que la casa está en ruinas, y la belleza de algunos ladrillos no la salvarán del desguace ni de las máquinas demoledoras. Hay que sanear la estructura y volver a cimentarla. La base de una sociedad, o sus cimientos, es la moral del respeto universal: sólo desde ella podemos edificar leyes e instancias de reclamo de las mismas. Pero si moralmente no hay ya un consenso más o menos general sobre cómo debemos comportarnos, las leyes no servirán de nada porque estaremos en un conflicto constante. Si los cimientos morales ceden, toda la edificación caerá.   Es necesario construir después con ladrillos nuevos, de forma que todos o casi todos están bien manufacturados y bien insertados. Digo todos o casi todos, porque un edificio, como una sociedad, puede contener pequeñas imperfecciones que no afecten a su belleza e idoneidad como construcción, si bien, a este respecto son ciertas dos cosas: la primera es que las imperfecciones no pueden superar un nivel dado, so pena de que el edificio pueda ser considerado defectuoso; la segunda, es que en la proporción inversa a sus defectos será la calidad de la edificación.

El hambre, la pobreza, las guerra la esclavitud antigua y la moderna, la explotación sexual y la laboral, la instrumentalización y manipulación del hombre por el hombre, la falsedad y parcialidad de nuestros propios relatos históricos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la prevalencia del valor económico por encima del valor de la persona, son, entre muchas otras señales, signos de nuestra ruindad y enfermedad. No creamos que por que ha habido millones de ladrillos magníficos y bellos, cumbres de la humanidad, podemos decir, sin embargo que nuestra sociedad funciona adecuadamente. La música de Bach es un milagro y su audición es capaz de elevar el espíritu humano y conmover el corazón, pero mientras su música resuene en los auditorios de los campos de batalla, la obra de este genio no pasará de ser un hermoso ladrillo. Mientras todos o casi todos los ladrillos no sean adecuados, y esto se dé a la vez, en un momento dado, nuestra casa social seguirá estando en ruinas ante los ojos de cualquier observador imparcial. La única salvedad y esperanza respecto de lo antedicho es que los humanos podemos influir en la sociedad de la que formamos parte y modificarla hasta cierto punto. Como glóbulos blancos del tejido social, tenemos la capacidad de combatir la infección siempre y cuando ésta no sea tan general que exceda nuestra capacidad de curación y regeneración. Cada ser humano tiene una responsabilidad extraordinaria porque el ejemplo de su vida y también su legado pueden contribuir, incluso después de su muerte, a mejorar la sociedad. La obra de cada ser humano, si es moral y benéfica, es como un trozo de un mapa más general que señala el camino de la fraternidad universal; es como un ingrediente de las fórmula magistrales de los fármacos del espíritu.

La sociedad es como el mar: las gotas vivas de agua marina podrán no estar de acuerdo, pero la tormenta las arrastra consigo en olas que generan destrozos y sufrimiento. Debemos darnos cuenta de que funcionamos conjuntamente como mar, más allá de nuestra condición de gotas. Es todo el mar el que debe aplacarse para que podamos navegar en paz y observar la extraordinaria belleza de su azul intenso que lo une al cielo.

José Beuter

[pensamiento 6/15/14-6-15]
© 6-2015

Fotografía: Belchite © Guillermo Beuter 20/5/2007


 

La propiedad privada – [pens.]

P1050245La propiedad privada es un derecho, pero no absoluto. Hay riquezas particulares que por su tamaño, características y crecimiento, acaban fagocitando no sólo otras muchas propiedades sino la posibilidad de que los demás puedan ejercer, a su vez, el derecho a la propiedad. Así, paradójicamente, el derecho a una gran riqueza acaba generando una gran pobreza. Hay que limitar la propiedad privada allí donde atente a los derechos fundamentales de las personas.
José Beuter

[pensamiento 6/15/14-6-15 ]

© 6-2015

(*) «El patrimonio de 85 personas es equivalente al de 3.750 millones, la mitad de la población mundial)». Ver página 37 del enlace VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España 2014 http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf


 

El derecho legal a matar – [1ª-R] [pens.]

Balanza - justicia      La pena de muerte es la introducción del derecho legal a matar. Una sociedad que contempla y aplica la pena de muerte no posee la capacidad moral de condenar el asesinato, y por tanto nunca podrá erradicarlo. Desprovista de una base moral de respeto universal, la “legalidad” de esa sociedad flota en el aire, es sólo aparente –en realidad, encubre un sistema político basado en el poder, la venganza y el miedo-. Las sociedades que impulsan y mantienen la pena de muerte son primitivas, a pesar de todos sus posibles avances científicos, y su moralina, basada en el “ojo por ojo”, nunca podrá ser una moral universal. Como todo lo primitivo y caduco de este mundo está llamada a desaparecer, el día en que el ser humano dote al término “humano” de un verdadero contenido.

El primer paso para erradicar el crimen en el mundo consiste en que los estados soberanos dejen de aplicar la pena de muerte.

José Beuter


Este escrito fue publicado el 25-11-2011 en el blog de Amnistía internacional (50 años, 50 historias), a raíz de la ejecución de Troy Davis en el estado de Georgia, como comentario a la noticia –.


 

El bien es el camino común de la voluntad – [pens.]

P1050245El bien es el camino común que traza el ser finito cuando desea acercarse al Infinito. Común señala, aquí, un camino intersubjetivo, trazado no sólo desde la individualidad sino, a la vez, desde el terreno común de la comunicación intelectual y afectiva entre seres. El bien es el camino común de la voluntad. En este sentido relacional y volitivo puede entenderse la frase de Aristóteles sobre el bien: «aquello a lo que todas las cosas tienden».
José Beuter

[pensamiento 6/15/14-6-13]
-fragmento de un escrito más amplio-
© 6-2015

Repensar el concepto de beneficio – [pens.]

Dibujo beneficio      Hemos de repensar el concepto de beneficio y especialmente el de beneficio económico. Del latín: beneficium, significa, en su primera acepción (RAE), “bien que se hace o se recibe”.

El beneficio, como el bien que señala, es un concepto inclusivo. También lo es (o debería serlo) el beneficio económico. Inclusivo en su doble vertiente: respecto de las cosas que incluye y respecto de las formas en las que tales cosas son incluidas. Es decir, cualquier tipo de beneficio es mayor cuantas más cosas incluya y de cuantas más formas benéficas diferentes. El concepto de beneficio es inclusivo como lo es el amor.

Cuando una empresa financiera obtiene un beneficio, éste es mayor si ha beneficiado al mayor número de personas posible (propietarios, trabajadores, compradores, vendedores, intermediarios, transportistas, familiares, sociedad, país, planeta…), y si a estas personas o entes sociales los ha beneficiado de muchas maneras y no sólo de una (por ejemplo, si ha aportado felicidad, esperanza, amor, conocimiento, ejemplaridad, confianza, respeto, y otras cosas además de dinero). Un negocio puede generar beneficio a sus dueños pero no podrá hablarse de verdadero beneficio si éste no alcanza también a los empleados (y no sólo se limita a permitirles sobrevivir). Las personas que sólo piensan en el beneficio como algo exclusivo, de una sola dirección, desconocen la profundidad de este concepto y la felicidad que genera cuando se expande como el amor.

José Beuter

[pensamiento 6/15/30-8-12]
© 6-2015

¡Último tren a Núremberg! ¡Todos a bordo! – [pens.]

P1050245La historia debería ser reescrita. Grandes, dirigentes, presidentes, conquistadores han sido grandes criminales. Muchos han pasado a la posteridad con fama y buen nombre, otros incluso han ganado premios de la paz. Sin embargo su responsabilidad en la matanza de miles y de millones de seres inocentes no podrá ser olvidada nunca y gritará con palabras de sangre desde las blancas páginas de los libros de historia: ¡Asesinos!
Como cantó Pete Seeger: ¡Último tren a Núremberg! ¡Todos a bordo!

José Beuter

[pensamiento 6/15/23-8-13]
© 6-2015

– Para ampliar información: clic sobre los enlaces del artículo –


 


			
		

Derechos hueros: 1948-2015 – [pens.]

P1050245La declaración de Derechos Humanos luce muy bien sobre el papel. Pero más importante que la simple enunciación de los derechos es el compromiso veraz de respetarlos y garantizarlos, lo que debe concretarse en unas instancias y mecanismos legales que los hagan efectivos y eviten su vaciamiento.

José Beuter

[pensamiento 6/15/10-6-13]
© 6-2015

«Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre […]»

Declaración Universal de Derechos Humanos (Preámbulo)Logotipo ONU

 


 

 

Sobre el «contrato social» – [pens.]

Contrato social roto      Estos días, como tantas otras veces, he visto ancianos buscando alimentos en los contenedores de basura. Últimamente ha aumentado su número y la frecuencia con la que se ven. En esta ocasión, un grupo de ocho personas (todas menos una, de avanzada edad) había volcado un contenedor y buscaba frenéticamente comida, que luego se repartió sin disputas. Al acabar, los indigentes volvieron a poner el contenedor en su sitio y recogieron todos los restos. Una anciana de complexión débil y vestida de negro introdujo en un carrito lo que le había tocado. En su rostro había una expresión de felicidad por la comida hallada. Los otros ancianos también se marcharon contentos. Entre ellos parecía haber armonía y solidaridad. Cerca de ese contenedor había un cajero automático donde otra persona, bien entrada en años, dormía en el suelo, al lado de sus muletas. Es imposibe describir lo que sentí ante la visión de personas tan mayores y frágiles luchando por sobrevivir en la calle, cuando deberían estar cuidados y mimados por sus familiares y, en su defecto, por un estado respetuoso con los derechos humanos.

Yo me pregunto: ¿Qué pacto social hemos formalizado? ¿Por qué hablamos, desde Rousseau, del «contrato social« como algo que se da o se ha dado? Aunque el contrato social es una idea para explicar nuestra organización social y la delegación del poder individual, en realidad no sirve para explicar tales cosas, pues su propio concepto queda desmentido por la realidad, presente y pasada. El contrato social es, en todo caso, un contrato incumplido. Tampoco existe ni ha existido la «sociedad del bienestar», sino sólo la sociedad del bienestar de unos pocos. La prosperidad de algunos es mantenida por muchos esclavos modernos, cuyas vidas no son tenidas en cuenta. ¿Acaso no son Derechos Humanos la alimentación, un techo bajo el que vivir, tener una vida y vejez dignas, entre otros derechos fundamentales? ¿Cómo, repito, podemos plantear la idea del contrato social, aunque sólo sea por aproximación, en una sociedad que, holísticamente hablando, es egoísta e insolidaria, y donde sólo unos pocos (*) viven con cierta calidad de vida (y generalmente a costa de otros)?

Mientras una sola persona en el mundo pase hambre, no tenga cobijo, sea perseguida o abandonada a su suerte (o a su enfermedad) no podemos hablar de pactos rousseaunianos. El problema de una sola persona es el problema de toda la sociedad. El problema de un país es el problema de todos los países. No miremos nuestra calle, nuestro barrio o incluso nuestra nación para juzgar si existe justicia social. Miremos el mundo, miremos la pobreza, las guerras o la inmigración actual; miremos los países ricos y los países pobres; miremos la injusticia existente. ¿Acaso pensamos que la sociedad somos sólo nosotros o nuestro grupo próximo? Si cuando observamos una casa en ruinas vemos una ventana intacta o una parte de la casa que sigue en pie, aún siendo  bello ese fragmento,  ¿dejaremos de pensar, por un momento, que la casa sigue en ruinas? ¿Qué pensaría de nuestra organización social, un espectador imparcial, por ejemplo, una hipotética civilización avanzada extraterrestre? ¿Creería en el bienestar de nuestra sociedad? ¿Reflexionaría sobre nuestra estructura social como si de un pacto voluntario se tratara?

No se dan unas condiciones dignas de vida para la mayoría de seres humanos. Y dignas serían aquellas condiciones donde los derechos fundamentales no fuesen vacíos. Todos los derechos fundamentales deberían garantizarse y respetarse, no sólo la libertad. Porque la libertad de dormir bajo los puentes y rebuscar en los contenedores de basura no es realmente ninguna libertad ni ningún derecho.

Los seres humanos podemos decidir realizar, o no, ese pacto social, pero será superficialmente académico hablar de él cuando estamos tan lejos de alcanzarlo y cuando la sociedad del bienestar no es la sociedad del bienestar de todos.

José Beuter

[pensamiento 6/15/6-1-12]
© 6-2015

– Para ampliar información: clic sobre los enlaces del artículo –

(*) Actualmente en el mundo el patrimonio de sólo 85 personas es equivalente al de 3.750 millones, la mitad de la población mundial)- ver pág. 37 del enlace: VII nforme sobre exclusión y desarrollo social en España 2014

http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf