La propiedad privada – [pens.]

P1050245La propiedad privada es un derecho, pero no absoluto. Hay riquezas particulares que por su tamaño, características y crecimiento, acaban fagocitando no sólo otras muchas propiedades sino la posibilidad de que los demás puedan ejercer, a su vez, el derecho a la propiedad. Así, paradójicamente, el derecho a una gran riqueza acaba generando una gran pobreza. Hay que limitar la propiedad privada allí donde atente a los derechos fundamentales de las personas.
José Beuter

[pensamiento 6/15/14-6-15 ]

© 6-2015

(*) «El patrimonio de 85 personas es equivalente al de 3.750 millones, la mitad de la población mundial)». Ver página 37 del enlace VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España 2014 http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf


 

Sobre el «contrato social» – [pens.]

Contrato social roto      Estos días, como tantas otras veces, he visto ancianos buscando alimentos en los contenedores de basura. Últimamente ha aumentado su número y la frecuencia con la que se ven. En esta ocasión, un grupo de ocho personas (todas menos una, de avanzada edad) había volcado un contenedor y buscaba frenéticamente comida, que luego se repartió sin disputas. Al acabar, los indigentes volvieron a poner el contenedor en su sitio y recogieron todos los restos. Una anciana de complexión débil y vestida de negro introdujo en un carrito lo que le había tocado. En su rostro había una expresión de felicidad por la comida hallada. Los otros ancianos también se marcharon contentos. Entre ellos parecía haber armonía y solidaridad. Cerca de ese contenedor había un cajero automático donde otra persona, bien entrada en años, dormía en el suelo, al lado de sus muletas. Es imposibe describir lo que sentí ante la visión de personas tan mayores y frágiles luchando por sobrevivir en la calle, cuando deberían estar cuidados y mimados por sus familiares y, en su defecto, por un estado respetuoso con los derechos humanos.

Yo me pregunto: ¿Qué pacto social hemos formalizado? ¿Por qué hablamos, desde Rousseau, del «contrato social« como algo que se da o se ha dado? Aunque el contrato social es una idea para explicar nuestra organización social y la delegación del poder individual, en realidad no sirve para explicar tales cosas, pues su propio concepto queda desmentido por la realidad, presente y pasada. El contrato social es, en todo caso, un contrato incumplido. Tampoco existe ni ha existido la «sociedad del bienestar», sino sólo la sociedad del bienestar de unos pocos. La prosperidad de algunos es mantenida por muchos esclavos modernos, cuyas vidas no son tenidas en cuenta. ¿Acaso no son Derechos Humanos la alimentación, un techo bajo el que vivir, tener una vida y vejez dignas, entre otros derechos fundamentales? ¿Cómo, repito, podemos plantear la idea del contrato social, aunque sólo sea por aproximación, en una sociedad que, holísticamente hablando, es egoísta e insolidaria, y donde sólo unos pocos (*) viven con cierta calidad de vida (y generalmente a costa de otros)?

Mientras una sola persona en el mundo pase hambre, no tenga cobijo, sea perseguida o abandonada a su suerte (o a su enfermedad) no podemos hablar de pactos rousseaunianos. El problema de una sola persona es el problema de toda la sociedad. El problema de un país es el problema de todos los países. No miremos nuestra calle, nuestro barrio o incluso nuestra nación para juzgar si existe justicia social. Miremos el mundo, miremos la pobreza, las guerras o la inmigración actual; miremos los países ricos y los países pobres; miremos la injusticia existente. ¿Acaso pensamos que la sociedad somos sólo nosotros o nuestro grupo próximo? Si cuando observamos una casa en ruinas vemos una ventana intacta o una parte de la casa que sigue en pie, aún siendo  bello ese fragmento,  ¿dejaremos de pensar, por un momento, que la casa sigue en ruinas? ¿Qué pensaría de nuestra organización social, un espectador imparcial, por ejemplo, una hipotética civilización avanzada extraterrestre? ¿Creería en el bienestar de nuestra sociedad? ¿Reflexionaría sobre nuestra estructura social como si de un pacto voluntario se tratara?

No se dan unas condiciones dignas de vida para la mayoría de seres humanos. Y dignas serían aquellas condiciones donde los derechos fundamentales no fuesen vacíos. Todos los derechos fundamentales deberían garantizarse y respetarse, no sólo la libertad. Porque la libertad de dormir bajo los puentes y rebuscar en los contenedores de basura no es realmente ninguna libertad ni ningún derecho.

Los seres humanos podemos decidir realizar, o no, ese pacto social, pero será superficialmente académico hablar de él cuando estamos tan lejos de alcanzarlo y cuando la sociedad del bienestar no es la sociedad del bienestar de todos.

José Beuter

[pensamiento 6/15/6-1-12]
© 6-2015

– Para ampliar información: clic sobre los enlaces del artículo –

(*) Actualmente en el mundo el patrimonio de sólo 85 personas es equivalente al de 3.750 millones, la mitad de la población mundial)- ver pág. 37 del enlace: VII nforme sobre exclusión y desarrollo social en España 2014

http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf


La indiferencia ante diez millones de pobres en España

Sans asile (Le Marchand de Violettes) Fernand Pelez       En el mes de mayo el INE difundió su encuesta de Condiciones de Vida del año 2014. Según esta encuesta el 22,2 por ciento de la población en España está bajo el umbral de la pobreza, así como el 30,1 por ciento de la población infantil (menores de 16 años). Sin embargo el aumento real de la precariedad (un 1,8 por ciento más que en 2013) aún puede ser mayor del que reflejan estas cifras, ya que el INE fija el umbral de riesgo de pobreza en el 60 por ciento de la mediana de los ingresos por unidad de consumo, por tanto, aumenta o disminuye en la medida en que lo haga la mediana de los ingresos. Al bajar la media de ingresos, en situaciones de crisis, una persona puede quedar por encima del umbral de pobreza, aunque sus ingresos sean escasos e insuficientes para cubrir sus necesidades básicas, y todo porque mucha más gente se ha empobrecido.

El bombardeo, por los medios de comunicación, de imágenes, números, datos y contra datos tiene muchas veces un efecto desorientador, más que informativo. Nuestro cerebro se colapsa con el exceso de información. Todo ello puede aumentar la indiferencia y despreocupación hacia temas que, por su importancia, deberían centrar nuestra atención.

Los datos sobre la pobreza no tienen nombre y apellidos, su información es descarnada, y si además son porcentuales nos presentan, reducida, una realidad más amplia, personal y viva. Nadie que tenga, por ejemplo, personas enfermas en su familia dirá: -En mi familia hay un 22,2 por ciento de enfermos. Sino que pensará en las caras, nombres y circunstancias de esos familiares, a la vez que, probablemente, experimentará algún tipo de pesar o sentimiento. Puede ser más fácil dormir tras haber leído en un periódico que el 30,1 por ciento de los niños en España son pobres, que si conocemos o imaginamos a 2.237.706 niños viviendo en la miseria. Ciertamente, no podemos relacionarnos con todas las personas y por tanto no conocemos sus penas  más que por referencias (ésta es una de las aparentes dificultades para la empatía universal). Aún así, es posible imaginar y sentir el dolor ajeno. No es imprescindible conocer a todos los seres humanos para empatizar con ellos y actuar solidariamente ante sus desgracias. Sólo se precisa responsabilidad (es decir, estar dispuesto a responder por el otro) e interés por conocer aquello que pueda afectar a los demás. Esto posibilitará una lectura sensible de aquellas noticias y datos que reflejan la penurias por las que atraviesan. Es preciso, si queremos un mundo mejor, que la desgracia ajena no nos deje indiferentes y para ello debemos despertar, acrecentar nuestra sensibilidad, empatía y capacidad de reacción.

La indiferencia es uno de los males de nuestra época ¿Cómo podemos luchar contra ella?

En primer lugar. Podemos reflexionar sobre las personas que se ocultan tras los datos. Esto es, revertir, en cierta forma, el proceso de cosificación referido por Marx en el cual sólo tendemos a ver los objetos y manufacturas, y no a las personas que los han producido con su trabajo y esfuerzo. Sólo que en este caso se trata de pensar en las personas que están tras los números y la información genérica.

En segundo lugar. Podemos intentar cuantificar los datos porcentuales. En este caso, el 22,2 por ciento de personas y el 30,1 por ciento de niños que viven en España bajo el umbral de pobreza, se transforman correlativamente en 10.315.008 personas y 2.237.706 niños pobres, al aplicar el censo del 2014 (pues España cerró el 2014 con una población de 46.464.000 personas, de las que el 16 por ciento tenía menos de 16 años).

En tercer lugar. También podemos realizar experimentos mentales, por ejemplo, proyectar el 22,2 por ciento de pobreza sobre nuestra familia (tal vez esto ya esté sucediendo realmente). Podemos hacer lo mismo con los menores de 16 años de nuestro grupo familiar, sólo que aplicando el 30,1 por ciento. Elaboremos una lista de los familiares que habremos imaginado supuestamente en la pobreza y pensemos en la situación. ¿Qué sentimientos se despiertan en nosotros? ¿Cómo deben sentirse las personas que viven realmente en esas circunstancias? Imaginemos también que por un cambio dramático en nuestras circunstancias nos vemos obligados a dormir en la calle, a comer en comedores públicos, incluso a ceder temporalmente a nuestros hijos a familiares o amigos que puedan alimentarlos y cuidarlos mejor. Desgraciadamente, para un cierto número de Uds. no será necesario imaginar nada, pues ya están viviendo situaciones similares.

En cuarto lugar. Reaccionemos contra cierta tendencia actual de despreocupación ante la desgracia ajena. También ante la superficialidad y el hedonismo que acechan al ser humano en la sociedad de consumo. Cierta literatura enclavada en la autoayuda nos aconseja evitar las noticias de desgracias humanas como el hambre, terremotos, guerras, así como no frecuentar personas “perdedoras”. Si seguimos estos mensajes insolidarios nos deshumanizamos aún más. La vida no es una teleserie edulcorada. No sólo la felicidad, sino también el sufrimiento (y mucho) forman parte de ella. No podemos dar la espalda al dolor ajeno pues contribuimos a un mundo peor y más insensible que, a su vez, generará más sufrimiento. Si la causa por la que evitamos las noticias sobre los males de la humanidad es porque nos sentimos deprimidos, entonces también nos equivocamos: la empatía, solidaridad, la implicación y la ayuda a los demás es la mejor profilaxis contra el desánimo y tiende a relativizar nuestros propios males. Si la causa de nuestra inacción es, como creen algunos, que a nivel particular no podemos hacer nada por ayudar en las desgracias colectivas, estamos en otro error. Ya sea el hambre, los desastres naturales o las guerras, afectarán en mucho menor grado a la población si ésta se une y les hace frente, como ha sido demostrado repetidamente en la historia.

Por último. Podemos actuar, si es que no lo estamos haciendo ya, ante las tribulaciones ajenas, colaborar con las ONG adecuadas, ayudar en nuestros barrios. Podemos participar en debates, foros y seguir activamente las noticias para crear una corriente de opinión colectiva a favor de la solidaridad y contra la indiferencia. Podemos, en fin, decidir ser solidarios y educar en la solidaridad y el altruismo a nuestros hijos.

Aunque algunos políticos digan lo contrario, España no va bien: 10.315.008 personas pobres, de una población de 46 millones, lo contradice. Los datos deberían hacerles sonrojar y dimitir, pues menoscaban la Constitución Española, que tiene como una de sus finalidades básicas “promover el bien” de sus ciudadanos y “proteger a todos los españoles (…) en el ejercicio de los derechos humanos” (Preámbulo). El derecho al trabajo, a una remuneración suficiente para satisfacer las necesidades, el derecho a una vivienda digna y a pensiones adecuadas y actualizadas en la tercera edad, son también derechos recogidos por la Constitución Española (arts. 35, 47 y 50).

Si nos organizamos y creemos en nosotros mismos, podemos erradicar la pobreza en España (y en el mundo). Actuemos particularmente en consecuencia y reclamemos, también, de nuestros políticos esta acción inaplazable.

José Beuter

© 6-2015

 – Pintura: Sans asile (Le Marchand de Violettes) Fernand Pelez., foto: J.B.

– Para ampliar información: clic sobre los enlaces del artículo –