Las ruinas de nuestra construcción social – [pens.]

G.uillermo Beuter 20-5-07       Las personas formamos parte de un tejido social superior. A nivel individual el ser humano puede haber conseguido grandes logros sociales y personales, su categoría moral puede brillar con luz resplandeciente, pero, al igual que un grano no hace granero, el individuo no hace sociedad. Por excelente que sean algunos de sus miembros o grupos, la sociedad actual es un tejido enfermo y así se verá, seguramente, desde posiciones exteriores. Puede haber muchas células sanas en este tejido pero mientras la gangrena lo infecte éste está destinado a morir.

Aquí surge un “pero” ¿Podemos ver desde una posición exterior el tejido en el que nos insertamos? La respuesta es un no con matices. De la misma manera en que yo no puedo salir fuera de mí y observarme con mis propios ojos, no podemos salir de la dimensión o estructura social en la que vivimos para contemplarnos desde el exterior, pues las lentes o sensores con las que, en tal supuesto, nos observaríamos, pertenecen a este nivel social y no al superior. Sin embargo, podemos intentar imaginar cómo seríamos vistos desde la posición hipotética de un espectador imparcial. Este intento subjetivo de objetivación es necesario y debería darse en el desarrollo de cualquier sociedad, al igual que sucede en el individuo. El niño pequeño en su etapa egocéntrica, no es capaz de imaginar cómo es visto desde fuera, él es su propio centro y los demás giran a su alrededor. Sin embargo a medida que crece, deberá abandonar el egocentrismo si desea ser aceptado en la comunidad. La imagen que proyecta en esa sociedad tampoco pueda verla directamente, pero sí imaginarla y contrastarla. De igual forma, la sociedad inicia su andadura en una fase sociocéntrica. Pero a medida que avanza debe examinar su estatus, la visión que ella misma tiene de sí y, lo que es más importante, la imagen que supuestamente proyecta sobre una hipotética civilización constituida en espectador imparcial.

La construcción social en la que nosotros, como ladrillos vivos, nos insertamos, es una casa en ruinas, o un viejo barco en el desguace. Puede haber ladrillos magníficos en sus paredes, puede incluso haber partes de la fachada que no estén dañadas, pero todo el mundo verá que la casa está en ruinas, y la belleza de algunos ladrillos no la salvarán del desguace ni de las máquinas demoledoras. Hay que sanear la estructura y volver a cimentarla. La base de una sociedad, o sus cimientos, es la moral del respeto universal: sólo desde ella podemos edificar leyes e instancias de reclamo de las mismas. Pero si moralmente no hay ya un consenso más o menos general sobre cómo debemos comportarnos, las leyes no servirán de nada porque estaremos en un conflicto constante. Si los cimientos morales ceden, toda la edificación caerá.   Es necesario construir después con ladrillos nuevos, de forma que todos o casi todos están bien manufacturados y bien insertados. Digo todos o casi todos, porque un edificio, como una sociedad, puede contener pequeñas imperfecciones que no afecten a su belleza e idoneidad como construcción, si bien, a este respecto son ciertas dos cosas: la primera es que las imperfecciones no pueden superar un nivel dado, so pena de que el edificio pueda ser considerado defectuoso; la segunda, es que en la proporción inversa a sus defectos será la calidad de la edificación.

El hambre, la pobreza, las guerra la esclavitud antigua y la moderna, la explotación sexual y la laboral, la instrumentalización y manipulación del hombre por el hombre, la falsedad y parcialidad de nuestros propios relatos históricos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la prevalencia del valor económico por encima del valor de la persona, son, entre muchas otras señales, signos de nuestra ruindad y enfermedad. No creamos que por que ha habido millones de ladrillos magníficos y bellos, cumbres de la humanidad, podemos decir, sin embargo que nuestra sociedad funciona adecuadamente. La música de Bach es un milagro y su audición es capaz de elevar el espíritu humano y conmover el corazón, pero mientras su música resuene en los auditorios de los campos de batalla, la obra de este genio no pasará de ser un hermoso ladrillo. Mientras todos o casi todos los ladrillos no sean adecuados, y esto se dé a la vez, en un momento dado, nuestra casa social seguirá estando en ruinas ante los ojos de cualquier observador imparcial. La única salvedad y esperanza respecto de lo antedicho es que los humanos podemos influir en la sociedad de la que formamos parte y modificarla hasta cierto punto. Como glóbulos blancos del tejido social, tenemos la capacidad de combatir la infección siempre y cuando ésta no sea tan general que exceda nuestra capacidad de curación y regeneración. Cada ser humano tiene una responsabilidad extraordinaria porque el ejemplo de su vida y también su legado pueden contribuir, incluso después de su muerte, a mejorar la sociedad. La obra de cada ser humano, si es moral y benéfica, es como un trozo de un mapa más general que señala el camino de la fraternidad universal; es como un ingrediente de las fórmula magistrales de los fármacos del espíritu.

La sociedad es como el mar: las gotas vivas de agua marina podrán no estar de acuerdo, pero la tormenta las arrastra consigo en olas que generan destrozos y sufrimiento. Debemos darnos cuenta de que funcionamos conjuntamente como mar, más allá de nuestra condición de gotas. Es todo el mar el que debe aplacarse para que podamos navegar en paz y observar la extraordinaria belleza de su azul intenso que lo une al cielo.

José Beuter

[pensamiento 6/15/14-6-15]
© 6-2015

Fotografía: Belchite © Guillermo Beuter 20/5/2007