Peligro: el poder ya no emana del pueblo (El contrato de Dorian Greycia)

Dibujo Nueva democracia      Grecia tiene una deuda soberana, como muchos otros estados, pero las condiciones para poder pagar la deuda no deberían ser para un país el equivalente a vender el alma al diablo. Cuando alguien (ente privado o público) solicita un crédito es, generalmente, para mejorar su situación, no para arruinar su futuro. En el caso de Grecia el contrato de devolución se parece más al pacto que Dorian Grey hizo con el diablo que a un contrato justo hecho entre personas de buena voluntad. De ahí el juego de palabras que constituye el subtítulo de este artículo.

Se han hecho muchos análisis económicos de la situación griega, y este artículo no será otra más. Sí, en cambio, pretendemos analizar el trasfondo moral del asunto.

Podemos preguntarnos si el préstamo a Grecia se ha hecho como negocio financiero o como ayuda. Si se ha hecho como ayuda ¿por qué esta negativa de la troika a reestructurar la deuda griega?, ¿por qué inmiscuirse en la política griega dictando normas sobre privatizaciones, pensiones, edad de jubilación, recorte de ayudas y subvenciones, IVA, ejército, administración pública, sistema judicial, marco laboral (despidos, huelgas, negociación colectiva), y un largo etcétera? ¿Se presta verdaderamente para ayudar, o se hace para intervenir y fijar un modelo social neo liberal «a medida» (un mercado al gusto), o para derrocar al gobierno de izquierdas? (*) Cuando alguien presta dinero para ayudar no pone condiciones humillantes y que empobrezcan al deudor, ni se inmiscuye en la vida privada de la persona a quien se presta. Cuando no es así es porque el préstamo es una usura que instrumentaliza al deudor.

Que las intenciones de la «troika» (compuesta por el Fondo Monetario Internacional, El Banco Central y la Comisión Europea) responden a los intereses del capitalismo neoliberal y no a la solidaridad o a una voluntad práctica y apolítica del retorno de la deuda, puede apreciarse tras un simple vistazo al documento (en inglés) donde se exponen las condiciones que la misma troika publicó tras el anuncio del referéndum. Éstas constituyen una exigencia inmoral, antidemocrática e inadmisible:

a) Exigencia inmoral, porque ningún estado, ni ninguna persona, podría querer racionalmente para sí que entes financieros ajenos, arrogándose el papel de gobernantes no electoss, le dictasen normas económicas y políticas. Estas condiciones no son meras sugerencias sino imposiciones que pretenden cambiar la legislación y torcer la voluntad política de un pueblo, expresada recientemente en las urnas [esto vulnera el imperativo categórico kantiano en su primera enunciación (1)]. La troika instrumentaliza al pueblo griego pues se aprovecha de su necesidad económica para imponer un modelo social que no responde a los intereses del pueblo (como reflejaron las urnas) y cuyo diseño debería estar limitado a sus legítimos representantes [lo que vulnera el imperativo categórico kantiano en su segunda enunciación (2)]. El interés de la troika en la imposición torticera de unas medidas y normas externas, que se sobreponen como guante de hierro a la soberanía griega, vulnera también el principio categórico kantiano en su tercera enunciación (3), que habla de la voluntad humana como de una legisladora universal a través de todas sus máximas (a la que ella misma está sometida), pues debido a la idea de legislación universal, la máxima no puede fundamentarse sobre interés alguno.

Exigencia inmoral, también, porque ni el FMI (Khan, Lagarde y Ghali), ni el Banco Central Europeo, ni la propia Comisión Europea y su presidente Jean-Claude Juncker son modelos éticos a seguir, sino todo lo contrario. Basta echar un vistazo a sus escándalos recientes (ver enlaces finales) para apreciar la corrupción que se da en los niveles más altos de su jerarquía. Escándalos que narran desvíos de fondos públicos, enriquecimiento ilícito, prostitución, corrupción, imputaciones legales, pactos secretos con empresas para evadir impuestos («tax ruling«) y condenas de cárcel, entre otros escándalos. De organismos sin credibilidad moral no pueden esperarse condiciones que se basen en el bien común (como las impuestas al pueblo griego), sino en el ánimo de lucro, especulación y en la pura usura

b) Exigencia antidemocrática, porque el pueblo griego es soberano y ninguna unión monetaria debería imponerle normas que socaven su autoridad y modelo de sociedad (escogida democráticamente en las urnas). Máxime si esas imposiciones provienen de instituciones económicas, cuyos dirigentes no han sido elegidos directa y democráticamente por el pueblo griego (como el FMI o el BCE).
Cabe hacer mención especial de la condición impuesta por la troika respecto a las privatizaciones y, en concreto, a que Grecia se comprometa a no a no revertir ninguna privatización que ya se haya iniciado o materializado. Pero ¿a quién beneficia la privatización de los puertos y aropuertos, o de la electricidad? Evidentemente al capital privado, que puede hacer negocio con estas cosas en detrimento del pueblo. La gestión privada o de empresa tiene como finalidad el lucro (véase el artículo de esta blog «Lucrarse con la educación y sanidad públicas«), a diferencia de la gestión pública, de la que cabe esperar, si se cumple adecuadamente, una orientación por el bien común. La Constitución Española y la de otros muchos países asigna a los poderes públicos la misión de gestionar los recursos de interés general, tal como la sanidad, educación, pensiones y otros. Cada país fija qué estamentos son gestionados por el estado y de qué forma. Por esto, cuando la troika pone condiciones y normas al gobierno griego respecto de la privatización (o no reversión de la privatización) de objetivos sociales y bienes generales, adopta un papel que va en contra de los pricipios democráticos más elementales, que separan el ámbito e intereses privados del bien común y público.

c) Exigencia inaceptable, porque unas normas impuestas que son inmorales y socavan el concepto de democracia constitucional no pueden ser aceptables desde un punto de vista social y racional. Intolerable, porque son los pueblos los que deberían gobernarse a sí mismos y no por dictado de las entidades económicas, como el FMI y el BCE.

Cargos que deberían ser neutros (a nivel de la política mundial), como el director del FMI o el BCE se transforman por arte de magia (de la magia del dinero) en legisladores supremos, que sin haber sido elegidos directa y democráticamente por los ciudadanos dictan (cual «dictadores») la política europea e internacional. Directores que, sin sentido de la jerarquía política ni talante democrático, no sólo coaccionan e instrumentalizan a los países más débiles, económicamente hablando, sino que protestan airadamente cuando, por ejemplo, el pueblo griego decide hacer algo tan básicamente democrático como es someter a referéndum las condiciones impuestas por la troika. Mención especial tiene el comentario del Sr. Juncker (presidente de la Comisión Europea, cuando dijo, tras el anuncio del referéndum que: – «[Tsipras] me ha decepcionado a nivel político y como ser humano». Esto es ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, ya que el Sr. Juncker ha protagonizado un escándalo inmoral como fue la política sobre impuestos que durante 15 años se dictó en Luxemburgo cuando él era Ministro de Finanzas y Primer Ministro «que habría privado de miles de millones de dólares (tres billones de dólares, según los cálculos) de impuestos a los estados europeos donde esas empresas obtienen sus beneficios» (LuxLeaks: El último escándalo en la Unión Europea, Luis Rivas – Periodista, Ex corresponsal de TVE en Moscú y Budapest).

Finalmente, nos creemos que cuando votamos lo hacemos democráticamente, que tenemos el poder que nos dan las urnas, pero no es así: nuestras democracias son, en muchas ocasiones, un espejismo, pues el poder económico es el que verdaderamente gobierna en, prácticamente, todo el mundo. Hace mucho tiempo que esto funciona así, de una manera más o menos encubierta o edulcorada (al menos para las poblaciones de los países ricos), por lo que muchas personas aún no son conscientes del menoscabo de sus derechos a cargo de los poderes económicos. Casos como el de Grecia permiten que aflore a la opinión pública el verdadero estado de cosas. El dinero no debería corroer a las naciones, arrodillar a los ciudadanos y comprar a sus dirigentes. Hoy la democracia se enfrenta a una nueva casta de dictadores que imponen sus normas supranacionalmente, y no por la fuerza del voto o de la finalidad social, sino por la pura fuerza del dinero y del interés egoísta y asocial. Si la democracia no acaba con esta anomalía este virus acabará con la democracia, primero, y después con la libertad de los ciudadanos, cuando un nuevo orden mundial, basado en una minúscula oligarquía (**) económica, se adueñe del mundo y convierta a todas las personas en nuevos y sumisos esclavos.

José Beuter

[artículo]
©7-2015

 

– (*) Según Martin Wolf (Director asociado y jefe de opinión de economía en el Financial Times) el dinero no se utilizó para ayudar a Grecia sino para ayudar al sector privado europeo a abandonar Grecia.

– (**) El patrimonio de 85 personas es equivalente al de 3.750 millones de personas, la mitad de la población mundial). Ver pág. 37 del enlace: VII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España 2014http://www.foessa2014.es/informe/uploaded/capitulos/pdf/16102014163616_1448.pdf

El imperativo categórico (imperativo moral kantiano) es único, pero Kant lo enuncia de tres formas:

(1) «Obra sólo según la máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en una ley universal«. Immanuel Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, <Ak. IV, 421>, [A 52]. Ed .Alianza Editorial, edición de Roberto R. Aramayo. Este imperativo moral va mucho más allá de la regla de oro (no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí) pues ésta no contiene el fundamento de los deberes hacia uno mismo, ni el de los deberes caritativos para con los demás.

(2) «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio». Immanuel Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, <Ak. IV, 429>, [A 67]. Ed. Alianza Editorial, edición de Roberto R. Aramayo. Este imperativo podría resumirse así: – No instrumentalices a nadie.

(3) «[…] todo ser racional ha de obrar como si merced a sus máximas fuera siempre un miembro legislador en el reino universal de los fines». Immanuel Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, <Ak. IV, 438>, [A 84]. Ed. Alianza Editorial, edición de Roberto R. Aramayo. A causa de la idea de legislación universal este imperativo no se fundamenta sobre interés alguno, es incondicionado.

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Las ruinas de nuestra construcción social – [pens.]

G.uillermo Beuter 20-5-07       Las personas formamos parte de un tejido social superior. A nivel individual el ser humano puede haber conseguido grandes logros sociales y personales, su categoría moral puede brillar con luz resplandeciente, pero, al igual que un grano no hace granero, el individuo no hace sociedad. Por excelente que sean algunos de sus miembros o grupos, la sociedad actual es un tejido enfermo y así se verá, seguramente, desde posiciones exteriores. Puede haber muchas células sanas en este tejido pero mientras la gangrena lo infecte éste está destinado a morir.

Aquí surge un “pero” ¿Podemos ver desde una posición exterior el tejido en el que nos insertamos? La respuesta es un no con matices. De la misma manera en que yo no puedo salir fuera de mí y observarme con mis propios ojos, no podemos salir de la dimensión o estructura social en la que vivimos para contemplarnos desde el exterior, pues las lentes o sensores con las que, en tal supuesto, nos observaríamos, pertenecen a este nivel social y no al superior. Sin embargo, podemos intentar imaginar cómo seríamos vistos desde la posición hipotética de un espectador imparcial. Este intento subjetivo de objetivación es necesario y debería darse en el desarrollo de cualquier sociedad, al igual que sucede en el individuo. El niño pequeño en su etapa egocéntrica, no es capaz de imaginar cómo es visto desde fuera, él es su propio centro y los demás giran a su alrededor. Sin embargo a medida que crece, deberá abandonar el egocentrismo si desea ser aceptado en la comunidad. La imagen que proyecta en esa sociedad tampoco pueda verla directamente, pero sí imaginarla y contrastarla. De igual forma, la sociedad inicia su andadura en una fase sociocéntrica. Pero a medida que avanza debe examinar su estatus, la visión que ella misma tiene de sí y, lo que es más importante, la imagen que supuestamente proyecta sobre una hipotética civilización constituida en espectador imparcial.

La construcción social en la que nosotros, como ladrillos vivos, nos insertamos, es una casa en ruinas, o un viejo barco en el desguace. Puede haber ladrillos magníficos en sus paredes, puede incluso haber partes de la fachada que no estén dañadas, pero todo el mundo verá que la casa está en ruinas, y la belleza de algunos ladrillos no la salvarán del desguace ni de las máquinas demoledoras. Hay que sanear la estructura y volver a cimentarla. La base de una sociedad, o sus cimientos, es la moral del respeto universal: sólo desde ella podemos edificar leyes e instancias de reclamo de las mismas. Pero si moralmente no hay ya un consenso más o menos general sobre cómo debemos comportarnos, las leyes no servirán de nada porque estaremos en un conflicto constante. Si los cimientos morales ceden, toda la edificación caerá.   Es necesario construir después con ladrillos nuevos, de forma que todos o casi todos están bien manufacturados y bien insertados. Digo todos o casi todos, porque un edificio, como una sociedad, puede contener pequeñas imperfecciones que no afecten a su belleza e idoneidad como construcción, si bien, a este respecto son ciertas dos cosas: la primera es que las imperfecciones no pueden superar un nivel dado, so pena de que el edificio pueda ser considerado defectuoso; la segunda, es que en la proporción inversa a sus defectos será la calidad de la edificación.

El hambre, la pobreza, las guerra la esclavitud antigua y la moderna, la explotación sexual y la laboral, la instrumentalización y manipulación del hombre por el hombre, la falsedad y parcialidad de nuestros propios relatos históricos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la prevalencia del valor económico por encima del valor de la persona, son, entre muchas otras señales, signos de nuestra ruindad y enfermedad. No creamos que por que ha habido millones de ladrillos magníficos y bellos, cumbres de la humanidad, podemos decir, sin embargo que nuestra sociedad funciona adecuadamente. La música de Bach es un milagro y su audición es capaz de elevar el espíritu humano y conmover el corazón, pero mientras su música resuene en los auditorios de los campos de batalla, la obra de este genio no pasará de ser un hermoso ladrillo. Mientras todos o casi todos los ladrillos no sean adecuados, y esto se dé a la vez, en un momento dado, nuestra casa social seguirá estando en ruinas ante los ojos de cualquier observador imparcial. La única salvedad y esperanza respecto de lo antedicho es que los humanos podemos influir en la sociedad de la que formamos parte y modificarla hasta cierto punto. Como glóbulos blancos del tejido social, tenemos la capacidad de combatir la infección siempre y cuando ésta no sea tan general que exceda nuestra capacidad de curación y regeneración. Cada ser humano tiene una responsabilidad extraordinaria porque el ejemplo de su vida y también su legado pueden contribuir, incluso después de su muerte, a mejorar la sociedad. La obra de cada ser humano, si es moral y benéfica, es como un trozo de un mapa más general que señala el camino de la fraternidad universal; es como un ingrediente de las fórmula magistrales de los fármacos del espíritu.

La sociedad es como el mar: las gotas vivas de agua marina podrán no estar de acuerdo, pero la tormenta las arrastra consigo en olas que generan destrozos y sufrimiento. Debemos darnos cuenta de que funcionamos conjuntamente como mar, más allá de nuestra condición de gotas. Es todo el mar el que debe aplacarse para que podamos navegar en paz y observar la extraordinaria belleza de su azul intenso que lo une al cielo.

José Beuter

[pensamiento 6/15/14-6-15]
© 6-2015

Fotografía: Belchite © Guillermo Beuter 20/5/2007