La indiferencia ante diez millones de pobres en España

Sans asile (Le Marchand de Violettes) Fernand Pelez       En el mes de mayo el INE difundió su encuesta de Condiciones de Vida del año 2014. Según esta encuesta el 22,2 por ciento de la población en España está bajo el umbral de la pobreza, así como el 30,1 por ciento de la población infantil (menores de 16 años). Sin embargo el aumento real de la precariedad (un 1,8 por ciento más que en 2013) aún puede ser mayor del que reflejan estas cifras, ya que el INE fija el umbral de riesgo de pobreza en el 60 por ciento de la mediana de los ingresos por unidad de consumo, por tanto, aumenta o disminuye en la medida en que lo haga la mediana de los ingresos. Al bajar la media de ingresos, en situaciones de crisis, una persona puede quedar por encima del umbral de pobreza, aunque sus ingresos sean escasos e insuficientes para cubrir sus necesidades básicas, y todo porque mucha más gente se ha empobrecido.

El bombardeo, por los medios de comunicación, de imágenes, números, datos y contra datos tiene muchas veces un efecto desorientador, más que informativo. Nuestro cerebro se colapsa con el exceso de información. Todo ello puede aumentar la indiferencia y despreocupación hacia temas que, por su importancia, deberían centrar nuestra atención.

Los datos sobre la pobreza no tienen nombre y apellidos, su información es descarnada, y si además son porcentuales nos presentan, reducida, una realidad más amplia, personal y viva. Nadie que tenga, por ejemplo, personas enfermas en su familia dirá: -En mi familia hay un 22,2 por ciento de enfermos. Sino que pensará en las caras, nombres y circunstancias de esos familiares, a la vez que, probablemente, experimentará algún tipo de pesar o sentimiento. Puede ser más fácil dormir tras haber leído en un periódico que el 30,1 por ciento de los niños en España son pobres, que si conocemos o imaginamos a 2.237.706 niños viviendo en la miseria. Ciertamente, no podemos relacionarnos con todas las personas y por tanto no conocemos sus penas  más que por referencias (ésta es una de las aparentes dificultades para la empatía universal). Aún así, es posible imaginar y sentir el dolor ajeno. No es imprescindible conocer a todos los seres humanos para empatizar con ellos y actuar solidariamente ante sus desgracias. Sólo se precisa responsabilidad (es decir, estar dispuesto a responder por el otro) e interés por conocer aquello que pueda afectar a los demás. Esto posibilitará una lectura sensible de aquellas noticias y datos que reflejan la penurias por las que atraviesan. Es preciso, si queremos un mundo mejor, que la desgracia ajena no nos deje indiferentes y para ello debemos despertar, acrecentar nuestra sensibilidad, empatía y capacidad de reacción.

La indiferencia es uno de los males de nuestra época ¿Cómo podemos luchar contra ella?

En primer lugar. Podemos reflexionar sobre las personas que se ocultan tras los datos. Esto es, revertir, en cierta forma, el proceso de cosificación referido por Marx en el cual sólo tendemos a ver los objetos y manufacturas, y no a las personas que los han producido con su trabajo y esfuerzo. Sólo que en este caso se trata de pensar en las personas que están tras los números y la información genérica.

En segundo lugar. Podemos intentar cuantificar los datos porcentuales. En este caso, el 22,2 por ciento de personas y el 30,1 por ciento de niños que viven en España bajo el umbral de pobreza, se transforman correlativamente en 10.315.008 personas y 2.237.706 niños pobres, al aplicar el censo del 2014 (pues España cerró el 2014 con una población de 46.464.000 personas, de las que el 16 por ciento tenía menos de 16 años).

En tercer lugar. También podemos realizar experimentos mentales, por ejemplo, proyectar el 22,2 por ciento de pobreza sobre nuestra familia (tal vez esto ya esté sucediendo realmente). Podemos hacer lo mismo con los menores de 16 años de nuestro grupo familiar, sólo que aplicando el 30,1 por ciento. Elaboremos una lista de los familiares que habremos imaginado supuestamente en la pobreza y pensemos en la situación. ¿Qué sentimientos se despiertan en nosotros? ¿Cómo deben sentirse las personas que viven realmente en esas circunstancias? Imaginemos también que por un cambio dramático en nuestras circunstancias nos vemos obligados a dormir en la calle, a comer en comedores públicos, incluso a ceder temporalmente a nuestros hijos a familiares o amigos que puedan alimentarlos y cuidarlos mejor. Desgraciadamente, para un cierto número de Uds. no será necesario imaginar nada, pues ya están viviendo situaciones similares.

En cuarto lugar. Reaccionemos contra cierta tendencia actual de despreocupación ante la desgracia ajena. También ante la superficialidad y el hedonismo que acechan al ser humano en la sociedad de consumo. Cierta literatura enclavada en la autoayuda nos aconseja evitar las noticias de desgracias humanas como el hambre, terremotos, guerras, así como no frecuentar personas “perdedoras”. Si seguimos estos mensajes insolidarios nos deshumanizamos aún más. La vida no es una teleserie edulcorada. No sólo la felicidad, sino también el sufrimiento (y mucho) forman parte de ella. No podemos dar la espalda al dolor ajeno pues contribuimos a un mundo peor y más insensible que, a su vez, generará más sufrimiento. Si la causa por la que evitamos las noticias sobre los males de la humanidad es porque nos sentimos deprimidos, entonces también nos equivocamos: la empatía, solidaridad, la implicación y la ayuda a los demás es la mejor profilaxis contra el desánimo y tiende a relativizar nuestros propios males. Si la causa de nuestra inacción es, como creen algunos, que a nivel particular no podemos hacer nada por ayudar en las desgracias colectivas, estamos en otro error. Ya sea el hambre, los desastres naturales o las guerras, afectarán en mucho menor grado a la población si ésta se une y les hace frente, como ha sido demostrado repetidamente en la historia.

Por último. Podemos actuar, si es que no lo estamos haciendo ya, ante las tribulaciones ajenas, colaborar con las ONG adecuadas, ayudar en nuestros barrios. Podemos participar en debates, foros y seguir activamente las noticias para crear una corriente de opinión colectiva a favor de la solidaridad y contra la indiferencia. Podemos, en fin, decidir ser solidarios y educar en la solidaridad y el altruismo a nuestros hijos.

Aunque algunos políticos digan lo contrario, España no va bien: 10.315.008 personas pobres, de una población de 46 millones, lo contradice. Los datos deberían hacerles sonrojar y dimitir, pues menoscaban la Constitución Española, que tiene como una de sus finalidades básicas “promover el bien” de sus ciudadanos y “proteger a todos los españoles (…) en el ejercicio de los derechos humanos” (Preámbulo). El derecho al trabajo, a una remuneración suficiente para satisfacer las necesidades, el derecho a una vivienda digna y a pensiones adecuadas y actualizadas en la tercera edad, son también derechos recogidos por la Constitución Española (arts. 35, 47 y 50).

Si nos organizamos y creemos en nosotros mismos, podemos erradicar la pobreza en España (y en el mundo). Actuemos particularmente en consecuencia y reclamemos, también, de nuestros políticos esta acción inaplazable.

José Beuter

© 6-2015

 – Pintura: Sans asile (Le Marchand de Violettes) Fernand Pelez., foto: J.B.

– Para ampliar información: clic sobre los enlaces del artículo –


Lucrarse con la educación y sanidad públicas

Adaptación de la pintura de Betty Swanwick, A.R.A. en  GENESIS, SELLING ENGLAND BY THE POUND       Según recoge la prensa española, a inicios de mayo, el presidente de la patronal, Sr. Rosell afirmó, en un encuentro con empresarios de hostelería, que: “El sector público es la primera empresa del país y debe cambiar con mucha mejor gestión. Tenemos las dos grandes partidas de gasto, que son la Sanidad y la Educación, que seguro que si estuviesen gestionadas por empresarios, con criterios empresariales, yo creo que podríamos sacar mucho más rendimiento y podríamos hacer cosas de mucha mejor manera”.

En las siguientes líneas intentaremos mostrar las contradicciones y matices antidemocráticos de tales afirmaciones.

En primer lugar. Definición de criterio empresarial y criterio público. Fines propios de ambos:

Los criterios empresariales son los criterios propios de la empresa, y empresa es, según el diccionario de la RAE, la “unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios, con fines lucrativos”. Los criterios empresariales responden, así, a fines lucrativos, mientras que los fines de los poderes públicos, tal y como recoge el espíritu de la Constitución Española, responden al interés general. Sus fines son adecuados al servicio público, el cual siempre es, o debería ser, solidario y altruista.

La Constitución Española establece en sus artículos 27.5 y 43.2 que los poderes públicos garantizarán el derecho de todos a la educación; también que es a estos poderes a quien compete “organizar y tutelar la salud pública”. Pero ¿qué es un poder público? Nuevamente el diccionario de la RAE nos aclara que “se dice de la potestad, jurisdicción y autoridad para hacer algo, como contrapuesto a privado”. Si, según la definición de estos términos, el poder público está contrapuesto al privado, entonces la gestión privada de la Educación y Sanidad públicas, que propone el Sr. Rosell, es una contradicción en los términos. También es una propuesta antidemocrática, porque la democracia constitucional, mucho más rica y compleja que el simple concepto formal de democracia, garantiza unos derechos fundamentales que deben preservarse en su fondo y en su forma, en su contenido y en su gestión. La Educación y Sanidad pública no son sólo derechos fundamentales por su contenido sino por la forma en que la Constitución Española los organiza mediante los poderes públicos (y no privados), de forma que nadie pueda lucrarse privadamente de aquello que no es objeto de negocio sino un acto de servicio al bien común.

En segundo lugar. La gestión pública, en España, no excluye la privada. La Constitución Española garantiza en su artículo 27.6 el derecho de las personas físicas de crear centros docentes, así como reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado (art. 38). Cualquier particular o empresa privada puede abrir clínicas, mutuas, o centros de medicina. Sin embargo, la gestión privada propuesta por el Sr. Rosell sí excluiría, de realizarse, la gestión pública, pues dejaría la gestión de la Educación y Sanidad en manos privadas, restringiendo o anulando el ámbito que les es propio según la Constitución. Esto es un tipo de monopolio privado respecto de lo público. Podemos ver lo poco o nada que queda de la democracia cuando en algunos países el poder público o el privado se erigen unilateralmente como los únicos posibles, fagocitando, uno, el ámbito que le es propio al otro.

En tercer lugar. Permítasenos que dudemos del supuesto mejor rendimiento de la Sanidad y Educación públicas si son privatizadas (*) o dirigidas con criterios empresariales (es decir, de lucro). Ya hemos visto cuáles son los métodos neoliberales de la reforma laboral: disminución de salarios y de plantillas, abaratamiento del despido, aumento de la jornada laboral, contratación laboral precaria, pérdida de pagas extra, en fin, modificación a la baja de las condiciones laborales. Si se adoptasen medidas de este tipo en la Sanidad y Educación, unidas al ahorro consistente en la disminución y precarización de los servicios, se conseguiría, efectivamente, un lucro, pero no de los profesionales sanitarios o profesores, tampoco de los pacientes o alumnos, sino de unas pocas personas (privadas) que verían prosperar sus negocios a costa de unos derechos que deberían beneficiar a todos. El mundo empresarial tampoco es que sea un referente de buena praxis y gestión (al menos, no más que el sector público), tal y como nos vienen mostrando los continuos escándalos de corrupción a nivel nacional y mundial.

En cuarto lugar. La razón oculta que se esconde detrás de las declaraciones del Sr. Rosell no tiene que ver con la eficiencia organizativa. La Constitución ya establece en su artículo 31 una programación y ejecución del gasto público que debe responder a los criterios de “eficiencia y economía”, sin necesidad de que ningún poder particular se erija como reserva espiritual y patrimonio exclusivo de la eficiencia organizativa en España. La razón, pues, hay que buscarla en el apetitoso bocado-mercado que para el sector privado supondría abrir el mercado de la Sanidad y Educación públicas, con la consiguiente posibilidad de que unos pocos se lucrasen, privadamente, del ámbito público que abarca a todos los españoles. Así, la supuesta eficiencia en la gestión privada de estos entes públicos responde más bien a un afán de lucro insolidario y antidemocrático. Debemos plantearnos cuál es el tipo de mundo en el que queremos vivir y qué modelo de democracia queremos para nuestra sociedad.

José Beuter

© 6-2015

– Imágen: montaje sobre la pintura de Betty Swanwick, A.R.A. en Genesis, Seelling England By The Pound

– Para ampliar información: clic sobre los enlaces del artículo –

– (*) Respecto de la privatización de lo social leer el «Informe sobre exclusión y desarrollo social en España 2014» (clic en este enlace).